La persona

Desaparecen. Apenas las toco, y de pronto, el rostro que era habitual, que se cruzaba, que me miraba, que apenas me sonreía, en ocasiones me saludaba, desaparece. Los ojos se quedan en la memoria, en mi cerebro abarrotado, y poco a poco, todo pierde su importancia, y un día, cualquiera, nada está. O simplemente no recuerdo todo lo que solía recordar. Ellos han huído. Los seres que aparecieron, se fueron. Y aunque puedes asomarte y verlos, no están. Y entonces, siento pena. Porque en ellos estuviste tú, y ese tú ya no eres tú, y tú serás ellos algún día, y hoy continúas ahí, y allí, donde estabas a su lado ya no queda nada, sólo el recuerdo y tierra.

-¿Sigues tomando café?

-Cuando vengo a verte.

-¿Por qué?

-Me excita.

-¿Y es el estado de ánimo que quieres conmigo?

-A tu lado diría yo.

-¿Por qué?

-Porque no estoy contigo según mi criterio.

-¿Quieres agua?

-No.

-Hemos terminado.

Me sumerjo en la tristeza, en el abrigo de poliéster, largo, negro, sucio y con el único olor que yo puedo desprender. Él también me acerca el gorro. Abrígate, dice. Lo haré, digo. No me tiende la mano. Mantiene la distancia, la frialdad y camina hacia la única puerta, blanca y gorda. Arañada, vieja. Huye de mí. Cierra el cuaderno, y sobre él coloca el bolígrafo transparente. Regresa a mí. Pienso que esconde algo. Yo continúo hundido, y del hundimiento no he aprendido a salir. En lo alto me apacigua una luz amarilla, cálida e insuficiente. Quizá por eso estoy aquí, por las personas, que un día se colaron en mi vida, me la robaron, y otro día, desaparecieron.

-¿Puedo hacerte una última pregunta?

-Sí.

-¿Qué es lo que más necesitas de las personas?

-La mirada.

-¿Y lo que te repugna?

-Mis mentiras.

.

Me llamo poco, me llaman mucho, mi nombre es Ruido, mi peso, mi piel, mi aliento, mi pelo, mis ojos, mi voz, todos justos o por separado son irrelevantes. Paradojas, soy altamente sigiloso. Me gusta caminar por los números impares de las calles, fotografiar buzones, leer papeles pegados en las paredes escritos a mano. Me gusta el café en vasos de cartón, beberlo y ver el movimiento constante del mundo. Utilizo zapatos sin cordones atados, uso guantes rotos a la altura de las uñas, y me fascina la soledad intermitente. Necesito que la necesidad deje de ser tan ansiosa. Hundo la mano en el bolsillo del pantalón vaquero, recojo una moneda de cincuenta céntimos, tarareo una canción de Bob Dylan, empujo la puerta de cristal y compro pan. Quédese la vuelta.

Quiero hacer el amor con mi mujer, pero ella lo hace conmigo. Y cuando lo hace, no siento mi cuerpo, y los recuerdos son tan intensos, que no necesito nada más. Desnudo sobre la cama, la sombra de la lámpara del techo me apacigua. La veo a ella con una bata de lana azul, larga hasta las rodillas desnudas y delgadas, sale del baño, enrosca una bufanda gruesa bajo su cabeza, y el cigarrillo ya lo tiene pegado al labio superior. Oigo las zapatillas de casa destartaladas arrastrándose sobre las baldosas, y sonriéndome con gesto feliz desaparece. Cuando en pijama entro en la cocina, ella espera impaciente al tostador. Aún tengo una inmensa erección.

-¿Volverás a terapia?

-No.

-¿Quieres tostada?

-Sí.

¿Por qué?

-Tengo hambre.

-¿Por qué no volverás?

-El dinero no resuelve mi dolor.

-¿Qué necesitas?

-Vacío. O ser una sola persona.

-¿Mantequilla?

-Sí.

-¿Cuántas eres?

-Más de las que puedo soportar.

.

Desaparezco. Apenas me duermo, estoy en paz conmigo mismo. Hay una caja de pastillas sin código de barras sobre la mesilla, un libro que no he empezado y pañuelos con mocos secos. Y sueño profundo. Soy una roca que emerge de la arena, inamovible, a la que golpea el mar, que se esconde cuando sube la marea, que muestra su belleza cuando baja, y entonces sí, descanso, porque nada me hace más feliz. Soy una persona incoherente, que odia la existencia y la desaparición.

Me siento en el mismo sillón, cruzo las piernas, muerdo la uña del pulgar, indistinto cuál, y le miro. En el reloj de la pared son las cinco y diez. Huele a té de menta, siento el error, el dinero doblado en la cartera, en el bolsillo trasero de mi pantalón, y veo su gesto rígido como el de una esponja seca esperando que el agua le empape.

-Ayer hice el amor con mi mujer.

-¿Y te gustó?

-Sentí que al fin, como todas las personas que algún día estuvieron dentro de mí, ya podía desaparecer.

-¿En qué sentido?

-Que todo al fin cobraba sentido.

-¿Puedes ser más claro?

-Sí.

-¿Y?

-Que hoy puedo morir.

-¿Y lo harás?

-No.

Camino a casa por una calle ancha de números impares. El café en el vaso de cartón humea bajo mi nariz fría, mojada y roja. Parece que va a nevar. Odio a todas las personas que nunca quisieron tocarme. Las que aún no quieren. Y cuando lo hacen, ansío que lo hagan. Veo mi cabeza estirarse como un chicle, que se despega del cuerpo, se evapora, y esa desaparición es un estado inigualable. Huele a tierra mojada y mi mujer llama por teléfono. Quiere que hagamos el amor.

Fotografía: e. e. Mccollum

Finalmente

El escenario cae, y cuando lo hace, nada queda. Maderas, unas encima de otras, clavos torcidos, telas rotas, y máscaras desmascaradas. Y todos desnudos, sin forma, con poco que les diferencie, exiguos, sin ojos, ni boca, oreja, tampoco nariz. El escenario no existe, y cuando lo hizo tal vez fue una mera ilusión. Escombros en los que apenas se reconoce algún recuerdo. No hay cuerpos, no hay latidos, tampoco pensamientos, no queda un halo de sexo. En el aire, la única certeza que todavía se parece a la vida en este espacio ficticio es un hilo que colgado del techo aún se balancea. Al final, un cable roto, el corazón quieto, un lazo prieto y un cuello lánguido.

María tiene el genio duro como el de un palo, levanta la silla, descuelga el cuerpo y le prende fuego. No espera que el humo cubra las paredes. Ella siempre viste pantalones de pana, no sonríe, y su humor es grueso, con espinas, ácido. Su nombre simple no menciona la complejidad de su ser, la dificultad de su pelo despeinado, las uñas descuidadas de sus pies, amarillas, pálidas, duras; ni el paso de las personas que ha dejado muertas cuando de ella se enamoraron. María es piel. No respira y posee mal aliento. Tampoco se deja ver. En una mesa de madera, tumbada y desnuda acaricia una bolsa de té y anhela que alguien sin éxito le haga el amor.

Antes, cuando vivía, María, lo hacía en un piso bajo de una sola habitación, con un rectángulo de arena en el suelo, un pequeño rastrillo, tres libros, y sin un televisor en la mitad de su salón. Le gustaba sentarse junto a la ventana de la cocina, echar la ceniza entre las rejas, respirar muy despacio, y tener la certeza de que él llamaría a su puerta a la hora de cenar. Después, preparaba su ropa, bebía dos copas de vino blanco, y dormía escribiendo palabras de amor que no tenía el valor de envíar a nadie. Nadie era su calma y su virtud. Y a las nueve y dieciséis él tocaba el timbre y ella abría la puerta.

-¿A qué vienes?

-A bailar.

-Pegado a mí.

-Despegado, para sentir la necesidad de tenerte.

-¿Y te crees justo?

-La vida, en todos los aspectos, lo es.

-Vete.

-También lo haré.

.

El mundo es una hoguera. La vida aparece irreconocible bajo un puñado de ceniza fría y gris. Enseres ordenados igual que maniquíes en desuso. El reflejo del fuego todo lo confunde; hipnotiza, ilusiona, y el fin decepciona. El olor también se diluye. El paladar lima las asperezas y todo sabe a madera quemada. El suelo es de adoquines, y en ellos hay pelos, y bajo él, huesos. El suelo nada sostiene, nada consiente, nada siente. El aire no se mueve, y si lo hiciera sería inútil. El planeta es un amasijo de hierros; óxido, sombras y bombillas fundidas. El mundo es una obra de arte conceptual. Y en la confusión, el espectador que a nada encuentra sentido. Solo quedan fotografías no quedan recuerdos, hay flores secas, árboles afilados y mascarillas muertas en las carreteras. Ua mujer sin alma quema cadáveres. Su nombre es María.

La noche que vino al mundo, la sangre goteaba en uno de los extremos de las sábanas, y sin que nadie lo dijera, aquella mancha era el símbolo más claro de la vida. Con el ombligo aún abierto, los ojos cerrados y la voz gutural todo era posible. María aprendía a respirar en los brazos de su papá. Alguien cerraba apresurado la herida que había ocasionado en el vientre de su mamá. María, sin saberlo, fue otra destrucción de un propio y complejo mundo.

Nunca le amó. Ella, un día, dejo de ser. En ella guardaba todo lo necesario para hacer de la vida un viaje útil y satisfactorio. Desnuda, María se limpiaba los muslos. Él se abotonaba todos los botones de una camisa que había quedado explotada en una esquina de la habitación. La tela propiciaba que dejara unas arrugas imposibles a la altura de los hombros. Solo deseó que se fuera. Que terminara, que no hubiera empezado. Cuando durmió, soñó con olas quietas en una inhóspita orilla de mar. Cuando murió soñó con su hermosa respiración.

Ella era él, él era ella, y todos fueron partes de cada uno de los que compusieron la única canción que, al final, se ahogó. Nada sirvió porque nada fue de verdad. Ella era eso, y esa, y cualquiera de las cosas que tantas veces alguien inventó. María era singular y plural porque daba igual qué ser, cómo ser, y cuántas veces ser cuando nada era. Viva sin vida. Y en lo alto de un tejado, el fuego también le engulló, y no lo sintió, porque el dolor se lo impidió. Y cuando murió, su corazón se paró. Y finalmente, el final.

Fotografía: Noell S. Oszvald

Cataclismos

La piedra golpeaba la piedra, y tras el estruendo, nada sonaba, nada se rompía. Había atado una cuerda gruesa a un palo, el fuego crepitaba en la cocina, la ciudad a un kilómetro y medio se mataba, sin sangre ni dolor, y en mi tenue oscuridad, tumbado, delgado, descuidado, acobardado, la piedra golpeaba la piedra y no se rompía. Oía gritos, y en ellos no cabía todo el miedo que todos teníamos. En la bolsa de basura solo la tapa de un yogur de plátano. Azúcar blanco esparcido en el mantel, los pájaros mudos, el sol calentando los tejados y las ventanas, todas, cerradas. Por ello moríamos, por la puta desesperación.

En la década de los noventa no tenía miedo a la altura, tampoco a caer, ni a la tos seca. En ese tiempo no necesitaba mirar el peso de la edad en la báscula, el reflejo en el espejo, el hueco de piel que me crecía al levantarme el cabello, tampoco alzar la voz para callar el ruido porque siempre de él huía, ni elegir la ropa para sentir que el atractivo me envolvía. En los años en los que la música siempre sonaba en círculos la vida era paciente, y el ser humano también. La masturbación no era una culpa. En 1998 llovía mucho en la ventana de mi habitación y siempre iba en zapatillas. Ella tenía la piel lisa, suave, el pubis largo y muy rizado, comíamos helado en la cama y veíamos mucha televisión. Nunca pensamos que todo lo de después ofrecería un gesto tan feo.

-Quiero que lo hagas.

-¿Qué?

-Te calles, no escuches, y en el silencio más absoluto sientas lo que estoy haciendo.

-No hablamos de sexo.

-¿Con una tortilla recién hecha sobre la mesa? En absoluto.

-¿Entonces?

-De nosotros dos.

En la actualidad, la ciudad continuaba gritando. Las campanas se repetían en el cielo. Llamaban a la esperanza, y ésta era una mentira con un hermoso disfraz. Una piedra azul en el desagüe encharcaba la bañera. No llovía, no hacía frío, teníamos la nevera vacía, y quince minutos después, otra vez las campanas. ¡Qué bella verdad el silencio! Maldije. Ella no me miró. Él ató sus cordones y corrió. Alguien en la sombra tosió, oí tres disparos, olí su aliento sucio, sentí un beso en la nuca, y la erección en el calzoncillo me aterró.

Desde el cristal enumerábamos zapatillas impares en los tendidos eléctricos, veíamos entristecidos contenedores de basura desbordados, ruedas de coches deshinchadas y cristales rotos. El tráfico había muerto, y con la muerte todo era una incómoda tranquilidad. Pensé que nunca hubo placer más absoluto que el vacío. Hundí los labios en la almohada, acaricié mi piel, ella acarició la mía, él enredó sus dedos entre mi pelo, arrancó mis calcetines y despareció. Todos los allí encerrados dormimos pensando que en el sueño el miedo se curaría. Éramos plural, y en la ese no teníamos cabida.

En el año 2011, celebré mi funeral. Sentado en el parqué me vi muerto, con las manos en la cabeza, los ojos encharcados, y ocho botellas de cervezas vacías a un solo metro de mis pies. Nadie alrededor. La música muda, la ropa en una maleta, los libros en tres cajas de cartón sin numerar, y el muñeco de plástico que habíamos comprado en un centro comercial, sentado con una sonrisa enorme en lo alto de la estantería. Por la ventana, abierta, corría el aire y no lo supe disfrutar. Era primavera y después no existía. Los autobuses aceleraban y frenaban. Nunca hicieron otra cosa. Dejé que mi cuerpo cayera, mi cabeza se golpeó en el suelo, y una vez más, dormí creyendo que allí todo se solucionaría. Nadie acudió a mi despedida.

-Lo que quiero es imposible.

-¿Qué es?

-Lo es.

-¿Me lo vas a decir?

-No.

-¿Ni una pista?

-No lo requiere.

-Es decir, que lo sé.

-Lo sabes.

-¿Y qué quieres?

-Que nada haya sucedido.

.

La piedra se rompió. El estruendo fue una fea verdad. Los trozos estaban sobre la hierba amarilla, sin flores, sin bichos, sin restos de vida. La piedra, de tanto golpear, como la vida, murió. La cuerda gruesa había perdido mi palo. No vi una huella, solo añicos y silencio. Con la nariz pegada a la ventana, cerrada, respiré y me ahogué. Me desmayé y te recordé desnuda, besándome, rogándome, asfixiándome. Mucho después, el agua sucia al abrirse el grifo, fría, el cielo sucio al salir el sol, el aliento nauseabundo al respirar, y el corazón lento y triste. Cerca, la ciudad enmudecía, sin sangre ni dolor. Las campanas quietas, la esperanza abandonada, y junto a la piedra, máscaras de papel. No dije una palabra, tampoco la escuché, porque con o sin ellas todo tendría su inevitable final.

Fotografía: Julián Furones

El espacio

Él era pequeño, tumbaba su cara sobre mi pierna, quería que le acariciara, le dijera sin una palabra que estaba ahí, que compartiera mi olor con el suyo, y en calma, nos fuéramos lejos, al espacio, cerca de los planetas, donde el tráfico de naves espaciales era insoportable y constante. Allí, quietos, en lo alto de una montaña blanca y fría, mirábamos a izquierda y derecha, no resbalábamos, y de puntillas, sin que el viento nos derrotara, tratábamos de ver la luz del sol golpeando por encima de la luna. Los dos, en una falsa suspensión, necesitábamos sujetarnos para ser amor. Sus pequeños dedos apenas entraban entre los míos. Mis enormes dedos sostenían los suyos. Yo era grande, y vestía zapatos viejos y calcetines usados.

-¿Cuándo viene el autobús, papá?

-Cuando no le esperes.

-¿Por qué?

-La vida, en cierta manera, creo que siempre es así.

-¿Cómo?

-Inesperada.

Echaba de menos sus ojos mirándome en el espejo. El pelo cayéndole entre mis labios. Un día, detrás solo aparecía la cortina de la bañera, oscura a la altura de los pies, colorida en el techo, ondulada, íntima e incómoda. Echaba de menos los pasos entre los dos, breves. En ese vacío, había vértigo, sentía un precicipicio, paseaba el miedo, los nervios, el temblor, y en ese universo extraño los dos vivíamos muy seguros. Ahora dejo correr el agua del grifo, escupo restos de galleta, espuma, dentífrico, y al final siempre lloro. El espejo continúa sin el peso de tus ojos, ya no te beso y te echo de menos.

Dormí aquella noche, era tarde y temprano, era el final de algo, el algo era arte, el arte era pobre, y yo no sabía ni qué era ni cómo era. Desperté a la mañana siguiente. Amanecí vestido, con los zapatos puestos, el jersey de lana torcido y amordázándome el cuello, el alcohol en los labios secándome la lengua, el calzoncillo mojado, y mi cuerpo desorientado, afónico, débil, desconocido y solitario. Traté de poner una canción mientras mis ojos en el mismo espejo se preguntaban dónde estaba yo. Dónde. Golpeé el aire, el espacio, no hice nada, y con el silencio en los oídos bebí mucha leche fría y blanca, y la derramé por mi cara, mi cuello, mi jersey de lana, y con ira, exploté el cartón en el suelo. Amanecí en una pesadilla, dolía, y ya no dormí.

Él era como yo, yo era como él, ella quería que fuera parte de mí. Hacíamos el amor en una habitación y no decíamos una palabra. En la oscuridad casi absoluta éramos parte del tacto. Él nació como los dos, y los dos, sin darnos cuenta, dibujamos un espacio.

-Te recuerdo en el suelo, comiendo a mi lado.

-¿Mirándote?

-Como si fuera un lienzo inolvidable.

-¿Y ahora?

-Soy un dibujo monstruoso. Y por eso, tal vez, no te acercas a mí.

-¿Por si me muerdes?

-Y nunca te curo.

-¿Sabes que el arte es como las flores?

-No…

-Si no lo cuidas, muere.

Él era grande como un árbol. No tenía hojas verdes. No tenía pinchos en sus ramas retorcidas, hermosas y confusas, y brotaba algún fruto apetecible y flores tímidas en primavera. Nadie alrededor. Cuando quería hacer caca en el váter aún daba dos pasos con sigilo, y sin apenas distancia me lo susurraba al oído. Ve, siempre le decía. Él ya no quería volar, yo tampoco quería enseñarle a volar. Él corría, yo me conformaba con sólo estar de pie. Preparé té rojo, preparé dos galletas para cada uno, una bandeja de madera de un solo color, y sobre el mantel sin planchar, nos miramos.

-¿Ligero?

-Mucho.

-Me alegro.

-¿Vendrás, papá?

-Nunca, aunque no lo parezca, nunca me voy.

-¿Y mamá?

-Ella siempre está.

-Nunca dejes que no esté. Por favor.

-A veces tengo miedo.

-¿De qué?

-De irme y no encontrarla.

-Te quiere…

-La quiero.

-He comprado una tarta de chocolate y vainilla.

Nunca supe si fui, tampoco si estuve. Le abracé, y en lo alto de la misma montaña, de puntillas, con los dedos como los pinchos de un tenedor hambriento, tratamos de tocar las estrellas. Las naves espaciales habían desaparecido, el sol no tocaba la luna, y los planetas se habían alejado demasiado. Lloré porque todo era mentira, y por que él tenía un número de pie más grande que el mío. Yo aún vestía zapatos viejos y calcetines usados.

Fotografía: Lara Hotz.

El amor

En el estómago, como un clavo que ha enrojecido por el fuego, a mi pecho algo le duele. Estamos dentro de los ojos, mirándonos a menos de un palmo, y siento que en la corta distancia no hay manera de tocarnos. Intento, estiro ambos brazos, los dedos, pero la realidad permanece en mis bolsillos. Noto las uñas, duras y hundiéndose afiladas en las manos, y ensangrentadas las lavo bajo el agua. Adoro el silencio. Habla mi corazón, me oigo azorado, atropellado, descompasado y triste, y afuera continúa el ruido. Me veo dibujado en un papel, y quiero hacer de mí un amasijo de ceniza, polvo, y que el viento sople con fuerza y se lo lleve todo muy lejos. Su mano toma la mía, sus labios toman los míos, sus pechos aplastan los míos, su olor cubre el mío, sus lágrimas secan las mías, y en el estómago, el clavo ha desaparecido.

El amor es azul, gordo y dulce. Yo era delgado, vivía en una ciudad escandalosa, apresurada, y en ella mis pensamientos nunca alcanzaban su final. El autobús de la seis también era azul, abría sus puertas delanteras y traseras, el motor continuaba en ralentí, las voces de los vecinos, ebrios o despiertos, y mis ojos clavados en el cristal de una pequeña ventana, con el café hirviendo, con los calzoncillos viejos, agujereados, limpios, y el reloj de pared tan lento, y la ropa del día doblada sobre el brazó del sofá, y ella desvestida de amor, dormida. Después, su olor a sudor aún en mis labios, el andén, la música, la lectura, la vida. Vi mi corazón sin uso ni daño caminando por calles aún cerradsa y vacías.

La conocí junto a una cerveza fría en una botella oscura, mojada, sin etiqueta, arrancada por las uñas, con una canción de Ella Fitzgerald, un cuadro de Dalí en la pared, y copas de ginebra en la barra de metal. Cruzaba los pies, pisaba las punteras de sus propias zapatillas, mordía sus labios, miraba al techo, y en los ojos tenía una bella sonrisa, también miedo, también tiempo, también emoción. Seguí sus pasos, los perseguí, helé mis pies, mis calcetines, mis cordones y nuestro frío. Después, todo desapareció.

-¿Qué ocurre cuándo besas?

-¿Y es amor…?

-Sí, ¿qué ocurre?

-Que ya nada es importante, nada es necesario, lo que llamamos nada no existe, y al mismo tiempo, todo se convierte en toda tu existencia.

-¿Qué somos?

-Lo único.

-¿Amor?

-Toda la vida cabe en un beso.

-¿El nuestro?

-Nuestra vida, sí.

Ahora, hay doce calendarios en una caja de cartón. Son las tres de la madrugada, quedan posos de vino en una sola copa, y el agua es una catarata enjaulada en la taza del váter. El papel higiénico da dos vueltas, se mezcla con la lejía y fluye hasta su desaparición. Más café, más dolor, más olor, más sudor agrío en mis labios, más miedo, más alcohol, más silencio, más soledad, más echarte de menos, más mal dicho, más peces encadenados en un único olvido obligado, y en él, en círculos, hundido y con la respiración repetida, mi pecera de cristal. Mi corazón es carbón, barato, malvado e inservible.

-¿Y no quiere?

-No sabe.

-¿Y qué vas a hacer?

-Esperar. Porque el fuego lo convertirá en calor.

-¿Para quién?

-Fugaz.

-¿Para quién?

-Para qué…

Al hacer el amor ella me coge los brazos, me besa, me acaricia, no habla. Ella me levanta la piel con sus dedos, me acerca y me guía como si ciego nada viera. En la sombra, entre sábanas descolocadas, al amarnos, ella me acaricia, se acaricia, sube, baja, despacio, sin prisa, y en esa danza confundo su piel con la mía. Al pegar su cuerpo al mío, la sangre se estira, se excita, y en ese instante posa sus manos sobre mi espalda, empuja, y aunque parece que nada puede estar más cerca, mi cuerpo se hunde en el suyo. Al hacer el amor apenas me muevo, respiro, oigo su corazón empapado, y enamorado, solo espero que ella baile en el mío.

El clavo se desclava, cae junto a mis pies, rueda y se detiene junto a un sucio calcetín. Ella no tiene una mirada infeliz, tampoco dos, yo no tengo mi mirada infeliz, tampoco dos, y a su lado, duermo en constante movimiento sin encontrar su respiración ni su piel. Desnudo, mi ser amanece bajo la ventana, el reloj lento, el café amargo, la soledad, la música, las letras repetidas, una galleta rota, la edad en los párpados, el amor exánime. La ducha me calma, el jabón me ansia, la toalla me mata. Descuido mi piel, seca, y es hora de vivir.

Fotografía: Edward Weston.

Perfección

No era el pelo, ni su nariz, ni el orden de sus dientes blancos, en línea siempre, serios o al sonreír. Era su palabra, adecuada, comedida, tenue, y precisa. Era la razón sobre una mesa cuadrada, una silla impoluta, acomodada al suelo, sin un ruido, recta y solitaria. Era una mujer joven, de piel blanca, de ojos negros, mirada dura y segura, labios crudos e hinchados, y en el corazón, un pequeño mecanismo mudo que le permitía tener casi toda la claridad en cada uno de sus pensamientos. Poseía un vacío para sí, y en ese espacio su ser parecía perfecto. Sin embargo, llamaban a su puerta.

En el cuarto piso de un edificio de una ciudad, donde no había ascensor, y sí había buzones, doce en total, vivía esta mujer que acostumbraba con esfuerzo a subir un carro repleto de comida. A veces fruta, a veces verdura, poca carne, yogures y leche en cartón. Los escalones eran altos, los pasillos breves. Levantaba las ruedas, y el metal de las guías golpeaba con las baldosas. No saludaba, no miraba, apenas respiraba. De su dedo pulgar le colgaban dos llaves, una gris, una roja, puerta y portal. Exhausta, abría, limpiaba con esmero las suelas lisas de sus zapatillas, y cerraba. En ese habitáculo alto de techos caídos, Menchu fumaba cada día tres cigarrillos. No bebía alcohol. Leía y no veía el televisor. Existía, y pocos eran conscientes de su existencia.

-¿Quién soy?

-Eres otro ser humano.

-¿Más?

-Más.

¿Todos lo somos, verdad?

-Cada uno de nosotros, en algún instante, creemos no serlo, pero lo somos.

-Dime, espejo…

-Te digo…

-¿Por qué siempre me veo sola?

-Porque es tu verdad.

-Yo.

-Solo tú.

La puerta sonó, esta vez, de una manera que no recordaba que hubiera sonado con anterioridad. Los nudillos no habían golpeado. Definió pellizcado y sintió alivio al hallar la palabra adecuada. Sin zapatillas, sin calcetines, con un sujetador áspero y una braga vieja, con cuidado, caminó hasta la mirilla, y en ella no le gustó lo que encontró. Se arrodilló asustada y permaneció en absoluto silencio. Los nudillos volvieron a pellizcar y el mecanisco de su corazón aulló.

Menchu tenía miedo a su reflejo, a la piel, a sus huesos, al pelo que le cubría los hombros, a los pechos menudos que apenas lograban mantenerse en pie, a las uñas que le crecían cada semana. Temía el descontrol, el paso del tiempo, las marcas que aparecían en su rostro, y aunque no lo entendía, lo arreglaba. Le aterraban los dolores que no reconocía, la mentira en el espejo como solución, y temía el uso de su vida una vez llegara la muerte. Ella escondía su cuerpo, apenas lo usaba, como un juguete en su envoltorio, de colección, para que no perdiera todo su valor. Y allí, protegida, creía que nada le dolía.

-¿Quién es? -Preguntó.

-Yo.

-¿Te conozco?

-Ábreme, por favor.

-No.

-¿Y si digo que soy tú?

-¿Cómo?

-Igual que tú.

-No puede ser.

-Lo es. Somos únicos, y en esa unidad todo es perfecto.

-¿Lo es o lo parece?

-Ábreme…

Menchu abrió. Mantuvo la distancia, el mecanismo de su corazón azorado, las palabras incómodas, el olor ajeno, el de la piel a perfume masculino, y el del aliento a café negro y tabaco. El pelo cano, escaso, las arrugas bajo los cansados ojos, un libro rojo enganchado bajo la axila y un abrigo largo escondiendo la forma de su cuerpo. Ella se retrajo, se alejó del felpudo, de la puerta, se reclinó, y su gesto le recordó al caracol aterrado cuando dos dedos le despegan de una piedra. En esa oscuridad, protegida, sintió el peso de la mano sobre su hombro desnudo. La palma áspera, dura, y un anillo negro que de prontó le recordó a los finales inciertos de un mismo tobogán.

Sintió que su perfección estaba repleta de errores. La definió inexacta, plural, repetida y distinta. Menchu sujetaba el calor de un té rojo en una pequeña taza de barro. La otra mano, libre, sostenía los ásperos dedos de su padre. Acomodada en el sofá, leía las dos palabras del libro rojo que él había posado en la mesa del salón. Respirada despacio. No era alivio, tampoco paz. Pensó en el miedo, en el vértigo. Era desequilibrio. Vahído. En él había una parte de ella, y en todo, de pronto, una imperfección. Con sosiego movió el cuello, hizo una breve mueca y apretó su mano. En los ojos grises había un honesto espejo.

Fotografía: Evelyn Bencicova

Lo malo

Me atormento con las palabras. Tengo 52 años, una ventana rota en el salón por la que pasa una carretera, el aire y pequeños bichos. Nunca oigo un solo coche. Me atormento con mis pensamientos. Tengo un sofá de un solo asiento, vino tinto frío en un vaso verde, y una canción sobria, de voz amarga y grave que canta cansada bajo una guitarra. Me atormenta mi ser, adicto, emotivo, incomprendido, abandonado, desconocido, imbécil y solitario. Me atormenta la masturbación, la mujer que llama a mi puerta y se desnuda sin que oiga su voz, el deseo, la necesidad, la desconsideración, la muerte dando vueltas en mi cuaderno negro, la mentira que no logro hacer verdad, mi ser, que ha perdido todo por ser como es. Ser malo y no entender la maldad.

Es domingo. Ella llama a la puerta, elegante, distante, me abraza, abre el bolso, extrae un libro, lo tiende hasta mis manos y no me mira. Tampoco repite el contacto, tampoco veo sus labios, sólo intuyo la forma de su nariz. Y a dos metros de distancia hablamos. Preparo té, pongo galletas redondas con azúcar en un plato ovalado, viejo y colorido.

-Noto tu piel cansada -digo.

-No tomo vitaminas.

-¿Y las gastas?

-Más de las que poseo. ¿Cómo te encuentras tú?

-Viejo y cansado.

-¿Y solo?

-No. -Miento.

-Mamá dice necesitas unos zapatos.

-Y muchos calcetines.

La pausa la sujeta la ventana. Ella no dice que he de arreglar el cristal, aunque ciertas miradas atesoran muchas más palabras que cualquier sermón. Bebe té. Bebo té. No comemos galletas, y doy vueltas al libro tratando de averiguar dónde queda el comienzo.

-Leélo. Por favor.

El libro es amarillo, delgado, de tapa dura, nuevo y con un título corto, abstracto o confuso. Lo poso en el suelo, junto a los pies del sillón. Ella no me abraza cuando se va, yo tampoco lo intento. Aún quedan todas las galletas que puse en el plato, y el sol que antes iluminaba el salón ahora es un viento frío. Necesito hacer del vientre, eyacular, lavarme la cara y los dientes, permanecer en silencio, dejar de pensar durante seis minutos y dormir sin juzgar lo que soy, lo que tengo y lo que no. Sin embargo, paseo por el corto pasillo de esta casa y pongo la misma canción.

Los jueves ella es una mujer mayor con pechos pequeños, piel árida, repleta de pecas, sin sujetador, sin pintalabios, con labios, con el pelo corto como el de un muñeco. De rodillas sobre mi colchón, desnuda, abre las piernas y espera. Solo espera. Veo la sombra de su posición, la piel incómoda, el vello incipiente, la oscuridad impaciente, y yo de pie sin saber qué palabra es la adecuada. Me siento culpable, me siento triste, desconocido, irracional, juzgado y estúpido.

-¿Cariño?

-Amor…

-Tengo frío.

-Lo perderás.

Los jueves ella es mi mujer. Me hundo sobre su espalda y hacemos el amor. Cuando se va, el amor se va cómo la niebla a media mañana. Después, hay agua fría en la bañera, vaho en las ventanas, y nada es verdad.

Me atormenta mi memoria, frágil como el plástico que envuelve el embutido, que una vez arrugado no puede volver a ser lo que fue. Y quiero caminar por el campo sin descanso a riesgo de alcanzar la desorientación, y lo hago bajo un cielo oscuro, donde la luna delgada me mira con desprecio, y tras hacerlo, veloz, se esconde sobre las nubes. Ansío perder mi necesidad, mi pensamiento, mis decisiones, mi forma de vida, pero cuando me detengo y observo a mi alrededor, todas las ideas me acompañan. Lloro y camino. Siento frío, siento sueño, siento deseo, siento rabia, impotencia, incomprensión, y necesito unos zapatos. Al final de la tierra, donde en primavera crecerá el trigo, hay luces azules, y con ellas y las voces, al fin, me calmo.

Me atormentan las nubes negras y la lluvia fina deslizándose por el cristal roto. Me atormenta ser lo que he sido, el final de un camino vital que, por mucho que busco, no encuentro. Me atormenta lo que tengo porque no lo quiero, y lo que quiero porque no lo tengo, la soledad intermitente, y mis decisiones erradas. Duermo y no descanso, y lejos, veo fuego en la montaña.

En lo alto de un árbol, donde apenas puedo enumerar las ramas porque las hojas aún no han caído, oigo un gorrión. Lo escucho y hablo, hablo y hablo. Explico esto, mis decisiones, las acertadas y las fallidas, evito la pena, sonrío y la mismo. Ella sostiene mi anillo entre sus nudillos con el puño cerrado, llora y no dice más de lo mucho que ya ha dicho. De pronto, me abraza y no sé quién soy, cómo explicarme, cómo tener las palabras exactas para no herir en la piel a la altura de su corazón el mío. Ella sí es mi mujer. Busco cómo callar sin que el daño continúe ejerciendo su poder. Me atormenta mi perdón, repetido y ajado. Me atormento, y ella, solo llora y deja que ruede el metal sobre la madera del salón.