Niebla

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Me estoy arañando la planta de los pies. Te vas despacio, y me pierdo en el vello que, erizado, es una sombra entre tus piernas. El humo es un sendero tras el que desapareces. Me estoy echando mucho de menos y duermo sin tu cuerpo. Me despierto, me lavo la cara con un jabón dulce y áspero, cepillo mis dientes, arriba y abajo, abro la puerta, bajo cada uno de los escalones de madera con prisa, piso con excesivo peso, apresurado, y el sonido atormenta. Ya no miro atrás. Hay flores amarillas escondiendo el arcén.

Atrás, la niebla.

Vivimos en una casa de madera, nos arañan las ramas de los árboles. Duermo sobre las sábanas. Duermes bajo el colchón. Sueño en silencio y aprendo de las pesadillas que relatas cada noche. Te acaricio, te huelo, me escondo. Echo de menos el tacto, el deseo desobediente y ser valiente. No te toco, amanece y desfilan pájaros entre las tejas.

Tus labios fríos, mis labios rudos. El amor es un gesto tierno, y el pan en la panera, duro, se desmiga. En junio, el mar baila bajo tus pies pintados. Tus ojos lejanos, los míos cerrados, y ambos dibujándonos y evidenciando que nos hemos desenganchado. Recuerdo el cable deshilachado de la lámpara del armario.

La lluvia me dice lo que somos. Y qué somos. Me sabe el corazón a mugre, y aun latiendo bajo mi pecho, lo devoro. El dolor no ha muerto. Quiénes somos. Quiénes tú y yo. Amar no es querer, es ser. Te beso, y tras hacerlo, necesito abotonarme el abrigo.

Niebla cubriendo la hierba.

Pienso y me alimento. En invierno soy un lobo hambriento. No me como, me engullo. Tus senos fríos, mi pene duro. Tu cuerpo es un pomo, y mis dedos están rotos. Los dos en silencio, durmiendo.

-Me has pedido…

-Y te lo he dado.

-Pero no te he bebido.

-Tampoco tocado.

Nos escucho y no entiendo qué decimos.

A veces el frío se adueña del salón. A media noche, nos escribo. Duermo y despierto. Nos escribo. Busco tus huellas en el pasillo. Las piso, y en una silla de madera, tu estela. Nos masturbo. Oigo cómo me observas, oigo que fumas cogiéndome la mano, te oigo, lo intento, pero no sé lo que escucho.

Pienso y me atormento. La lluvia me estrangula, me rindo, me excito, eyaculo y pienso. Echo de menos lo que fuimos. En junio baila el mar y te amo. Levanto uno de los labios y continúo en silencio. Todas las palabras golpean al caer. Las recojo, sin embargo, no hay significado. Pienso que huyes, pero solo duermes.

Disecciono mi miedo, lo coloco sobre la mesa, y en ella aparecen ciento trece piezas. Carecen de sentido. Grito y hay un cuchillo atravesando mi cabeza. Te acercas, me alejo, y cuando no estás, te recuerdo. Mis labios, el sexo, los gemidos, el deseo, y los dos como un espejo. El fuego iluminaba tus ojos, la niebla es una sonrisa triste.

-¿Me quieres comprar los zapatos rojos?

-Te quiero descalzar.

-Habrá que pagarlos.

-Y abrazarnos.

Te beso, hablamos de palabras ligeras, del amor y la breve existencia de las cosas, del miércoles y la lista de la compra, de los sueños, y al callar, la niebla.

 

Fotografía: Virna Haffer.

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Antes

Aún olía a tortilla, tú sostenías el peso de tu cuerpo desnudo sobre una pequeña mesa de cocina, yo, de puntillas, hundía mi erección bajo el hilo de tu sombra. Colgado, ahorcado, y al tiempo, exhausto. Yo vi tu pierna levantarse y sostenerse a escasos centímetros de un tenedor de metal junto a dos pequeños platos. Ambos limpios. Y los dos sucios. Nosotros. Me ahogué, tus labios me mordieron, eyaculé, y hoy, aún, siempre te recuerdo.

A veces echaba de menos el calor de mi piel bajo la tuya. Sobre ti. El dominio, la mirada en la oscuridad, las palabras hablando de deseo esperando el deseo. Luego, silencio, nada, y en la nada la comodidad. Y me masturbaba en tus sueños, y los dos dormíamos abrazados como si el amor nos defendiera de todo. Preparaba el desayuno, oía la ducha caer entre las paredes, encendías el motor del viejo coche para romper el hielo, y un beso. Después, el humo en la ventana.

Qué nos queda. Cuando el suelo se abre, dejarse caer. Ahora cae a menudo mi corazón desalojado, mi cuerpo lejano, frío y pesado. Veo platos manchados, cerveza caliente y mi pene en mis manos. Frías. Y eyaculo. Y nos veo. Caemos los dos hasta estrellarnos. Nada espera, nadie queda, y al chocar, solo vaho.

La lluvia te gustaba fría, delgada y enredándose en la eternidad débil de tus dedos. Bebíamos té, cerveza templada, y rompíamos agujas de un reloj acelerado. Me gustaban tus manos apretando las mías, suplicando la contención, y al mismo tiempo, empujándome al infierno. Mi piel en llamas, nunca ceniza. Nunca supimos qué queríamos, y nunca lo quisimos, y lo tuvimos.

Qué somos. Dos árboles desnudos evitando las sombras.

Ahora duermo en una alfombra áspera y oigo tus pies descalzos bailar. Las hojas secas cubriendo el suelo.

Qué deseamos. Hacernos el amor y no recordarnos. En el odio, aún te amo. Pero cómo tocarnos tan alejados.

Un viernes, la mirada comenzó a perder altura, las palabras, importancia, el tacto, memoria, el deseo, deseo, el sexo, amor, el amor, pasión. Un sábado, éramos los mismos siendo todo distinto.

Un viernes, tocaron la puerta y sonó, y midieron nuestra habitación. Y comenzaron los números, las cajas de cartón, las lágrimas, la ausencia en nuestro espacio, decirnos adios y no conseguirlo.

Un viernes tuve frío y sentí un intenso dolor en el ombligo. Lo vi caer y sangrar.

El sábado sonreías junto a mi cuerpo tendido.

Qué hay. La sonrisa es un esqueleto, inmóvil y frío. Tres individúos.

El martes me abandonaste.

El miércoles.

Él era yo.

Antes los dos.

Fotografía: Daniel Diez Crespo

Contacto

Hay una historia de un amor con una sola forma. Geométrica y plana. Él no toca su cuerpo. Ella no acaricia su pene. En un mismo espacio, distinto, habitan. Ambos en un menudo apartamento común, con ventanas, paredes y puertas. Él es ella. O ella es él. Ella y él, y sin embargo, todo es recuerdo, olvido y confuso.

-¿Por qué ya no te quiere?

-Porque no hay contacto.

-Sexo.

–No, solo tacto.

Ella tiene entre sus manos una galleta dulce con pequeñas pepitas de chocolate. No la muerde, la observa, y al mismo tiempo, esconde la mirada en un vacío complejo y pesado. Falso. Al otro lado de la mesa, él tiene una taza de café negro hirviendo bajo la palma de sus manos. No la bebe, la observa, y al mismo tiempo, esconde la mirada en un libro delgado y usado. Cerrado. Los dos cruzan los pies bajo la mesa, cerca el uno del otro, lejos los dos.

-¿Por qué ya no te desea?

-Porque ha olvidado.

-El deseo…

-El sueño.

Las paredes son amarillas. Él las define, con un gastado hilo de voz, como crema. Le gustan los pasteles, el orden de la repostería en las cámaras frigoríficas al igual que un ejército de soldados dulces dispuestos a enfrentarse a la batalla. Ella las define amarillas. Los dos sonríen, los dos se miran, los dos se dirigen a destinos distintos, y los dos, en esa pequeña distancia, escuchan sus movimientos dudosos y perdidos. Ella fuma desnuda un cigarrillo, escondida tras el humo. Él sopla, respira, se masturba mudo y huye. Los dos, extraños, se conocen.

-¿Por qué ya no te besa?

-Porque le duele.

-Los labios…

-El corazón.

Él tiene un deseo, duerme, y lo mueve con una sola mano. Despacio. Es una tortuga exhausta sobre la arena seca. Y el mar al fondo. Y el cuerpo encima de un armario roto, colgado, y el suyo, imaginario. Ella tiene los dedos mojados, y los desliza entre sus labios, despacio. Los dos despiertan. Pájaros arañan el tejado, árboles silban en el aire, café frío, pelos en el lavabo, ropa sucia y prisa en un tiempo vacío. El reloj que cuelga de una amarilla pared de la cocina, miente. Los dos respiran, los dos no hablan, y sin embargo, los dos.

-¿Por qué ya no existe?

-Por el singular.

No hace falta una puerta. El pasillo es largo, al atardecer interminable, espacioso y sin obstáculos. Pese a la amplitud, ahoga. Toda distancia depende de la longitud de los pasos, del frío y la oscuridad.  La puerta, pese a su distinción de innecesaria, grita su existencia, y su voz tan elevada y constante es una herida molesta que nunca llega a curarse. Ella ve hervir la sopa. El ve un puzzle de cuarenta y dos piezas. Odia el crimen, y aun así, le apasiona la violencia justa. Los dos en un mismo hogar, alejados de cualquier ruido, del propio ruido, del roce, del tacto. Ella elige una palabra. Él elige un amargo silencio.  Ella le toca. O no. Él no siente. O sí. Él le acaricia, ella le imagina.

-¿Me amas?

-Siempre.

-¿Aún en el vacío?

-Sin tocarte, más te toco.

Los dos, extraños, con el frío en los huesos, los huesos al descubierto, los dedos abriendo con lentitud un infierno, y la única pequeña almohada en el suelo, el ruido, el aliento seco, los pechos de ella hambrientos, el cuerpo de él violento, el nuestro, lo nuestro, y el silencio aprendiendo despacio. Desnudos, y extraños.

Fotografía: Daniel Diez Crespo. 

Después

Siempre sueño oscuro, tiento y tropiezo. El agua del retrete me arrastra, y aun estirando el brazo, me hundo. Huelo personas olvidadas, el amor seco y doblado, pechos hermosos escondidos, dientes sucios sonriendo, y mis calzoncillos colgados entre tus dedos. Me huelo, y empapado, como el sexo que hemos terminado, duermo…

Toco el timbre y ansío que al hundir el dedo en ese pequeño interruptor yo me llene de fuego. Apenas un haz de una tenue luz amarilla. Hay arena en mis huesos. O tierra. Y pequeñas piedras. Me escondo en la hierba, arranco pequeñas flores, descanso, oigo abejas, niños y una pelota golpear la pared. La edad es un azulejo pesado sobre la nuca. Enumero las heridas de la piel, los cuchillos repitiéndose sobre la mesa, el queso cortado, los pensamientos obsesionándome, tú desnuda, yo dentro, las zanahorias y sus trozos, las patatas y las cebollas, y el olfato cogiendo peso con el paso del tiempo.

Todo era de un único color. Veo azúcar hundiéndose con lentitud en el yogur. Después, duermo. Después tú. Y al final, buscamos cómo hacer de uno, dos.

No me muero, pero siento que ya me duelen todas las ideas. Las cobijo en el corazón, y allí, asfixian. En el espejo, un pequeño ataúd rosa con agua y jabón. Me pertenece la muerte, tanto como en ocasiones tu ausencia. Enciendo un gigante televisor. Bebo cerveza, corto mis uñas, relamo la sangre seca que se endurece bajo mi nariz, escucho el aire ultrajando la intimidad, y al caer la noche, te espero desnudo en la habitación. Después, sueño…

Repito el sonido. La puerta continúa inmóvil. Tú te has ido. El timbre es un pájaro hambriento. La noche es fría, llueve sin pausa, y yo, oscuro y mudo, estoy intranquilo. Tú no dejaste un camino. La casa posee un tejado afilado y frío, insisto, pero la calma es un silencio evidente. Tú sin voz. Insisto. Tu hurto es mi vacío. Desisto. Después, despierto desnudo y tirito.

Fotografía: Marcella Dalla Valle


El señor

Ataba los cordones de sus zapatos amarillos con una sola mano para demostrar destreza. La derecha. Ajustaba su corbata con dos dedos, el pulgar e índice. Observaba el cuerpo envejecido de su mujer, dormido, semidesnudo, sobre las sábanas arrugadas, y lo recordaba despierto, abrazándose al cariño; lo único que restaba, y le entristecía. Dos golpes de perfume en las muñecas, una toallita húmeda en los párpados, y sus pasos silenciosos descalzos. El tiempo era un desagüe abierto.

A veces fumaba un cigarrillo en el alféizar de la cocina, y lo hacía con los ojos cerrados, de puntillas por falta de altura, y con temor. El abandono era un desayuno frío, oscuro, solitario, y el agua corriendo en el baño. Las campañas hacían temblar los tejados. Él solía leer libros con las páginas ásperas y el lomo repleto de manchas. Adoraba las flores secas, las piedras blancas como una columna de humo, el amor y las sonrisas. Todo estaba desapareciendo.

Le dolían los huesos, aunque entendía la inviabilidad de la aflicción. Desnudo, apenas reconocía su rostro en el espejo. Se reflejaba más amplio, más blando, largo, triste, seco y vacío. Cepillaba sus dientes, untaba de crema la piel que le cubría las piernas, y permitía que un fino y viejo peine empujara con fuerza al tiempo. Colocó el tapón, el agua hirviendo llenó el lavabo. Jabón sucio y pelos. Cerró el grifo, hundió ambas manos, gritó y lloró. Las manos frías de su mujer bajo su pecho le dieron un extraño calor.

El reloj necesitaba una sola pila. El pasillo poseía una alfombra, y de las paredes era indispensable descolgar fotografías. Cuando decía palabras, apenas las dejaba sonar. Ató su zapatos amarillos, pisó el felpudo y se detuvo en el primer escalón. Oía el agua correr y tararear a su mujer. El dolor permanecía, y el amor no necesitaba pilas.

El señor era un cuerpo sin uso. Lo descalzó, sintió invisibilidad, izó su silencio, dejó de mover la piel. El agua se hundía. Tenía miedo a abrir cualquier puerta y que ella no estuviera detrás. Que la música llenara el salón y hubiera demasiado espacio para bailar. Que los libros no se volvieran abrir. Que el sueño se aferrara a su almohada y nadie le supiera despertar. El señor sentía un deseo, y en él, sin ella, nada. Veía el agua correr y el pánico siempre sería desaparecer.

Fotografía: Daniel Diez Crespo

El abismo

Una tortuga y un gusano charlan de un modo coloquial, tenso y, sin embargo, distendido. Demasiada cocaína aparece alineada sobre una baldosa amarilla en el epicentro de un pequeño salón. Nadie piensa, todos hablan. Yo sueño. Miento. El televisor dispara, tampoco acierta. Ron, whisky rudo y caliente. Hielo derretido. Yo permito que mis dedos resbalen entre tus labios sin que nada ni nadie oiga el cansancio. Un erizo duerme sobre mi corazón, le abrazo, me abrazo, caigo, caigo, caigo, me rindo.

Ya no me interesa nada. Miento quizá. Un árbol caído cruza la calle. Doce pájaros desubicados, sangre, curiosos, y tú distante. La lluvia es un reloj de pared, y yo continúo enfermo, triste, desconocido. No me interesa el amor. Miento. Te deseo, te toco, me toco, me escondo. El aire, quieto y denso, colorea un abismo.

Despierto y abandono el peso de mi cuerpo. No te beso. Siento alivio a ver animales desnudos desayunando en la cocina, y a mi piel tranquila y dormida en el mismo lado de la cama. Huele a semen, a incienso, a velas recién apagadas, y a café sobre la mesa. Hierve la leche, hay pan tostado, hierba mojada y mucho abandono. Me estoy enamorando de los gestos invisibles, de los fugaces, de la velocidad y los instantes. Me estoy enamorando de los segundos; de ti, imposible, y te estoy deseando al mismo tiempo que te odio. El dolor, asustado, huye.

Acecha la primavera y crece un árbol en mi brazo izquierdo. Aún así, no me intereso. Hay sangre seca en las raíces. Hojas y flores cubren mis piernas. Hace tiempo que el limbo es un espacio delgado y acogedor, y en él, a diario caigo y duermo. Paseo dentro de mí y miento tal vez. La noche destruye mi sueño y amo aquella manera nuestra de permanecer escondidos.

Una cucaracha devora mi cuerpo. Sonrío. Ama el tuyo. Sonrío. No queda una mota, tampoco droga, ni siquiera quedamos nosotros dos. Han hecho leña y fuego, hay más pájaros en el tejado, sabanas con arrugas, nubes rosas , montañas en la sombra y música. El viento, violento, haciéndonos el amor, y los dos buscándonos en el mismo pensamiento. Quizá el alivio es morir.

Me interesa esconderte dentro de mí toda una vida, sin embargo, la vida te esconde. Un árbol cruza mi pecho. Doce latidos descompasados, saliva, un fisgón, y yo ausente. El sol es un a nevera, y tú, enferma, triste, desconocida. Me sincero tal vez. El aire, inquieto, emborrona el abismo.

Fotografía: Daniel Diez Crespo

El miedo

Escondió su cuerpo bajo un viejo sofá con una cerilla encendida. Nunca abandonaría aquel lugar. El peligro, tumbado, le sostenía los dedos. El miedo, de pie, le pellizcaba los labios. La luz oscura le iluminaba los ojos. Serpenteaba por el salón un olor a hierba quemada, azotaba un insoportable hedor a leche hirviendo, y al igual que una fea canción, las uñas de las aves resbalaban sobre el cristal sucio del tejado. Un grito cayó y le aplastó la cabeza. Sus calcetines del revés, desiguales, como una imagen definiéndolo todo, y el fuego levantando un humo negro y espeso en la oscuridad.

Las botellas de cristal nunca rodaban en línea recta. Empujarlas le recordaba a la vida. Al coche le faltaba una rueda; el óxido caía sobre la acera en los días de lluvia, un faro roto con sangre seca, y las colillas apagadas asfixiando la palanca de cambios. La ciudad no se detenía, mamá se masturbaba en silencio bajo las sábanas de la cama, papá cortaba madera con rabia junto a la puerta, y nadie, nadie hablaba.

Siempre había una luz encendida al fondo de un pasillo frío y oscuro. El interruptor colgaba de una delgada cuerda, débil y útil. Leía allí palabras que nunca sabía porqué iban unidas por letras. Consonantes, vocales, y números a pie de página. Leía y jamás entendía lo que su voz repetía muda en su cabeza. Escondía sus ojos porque el aroma del papel le calmaba. Olía a lejía y orín. Apagaba la luz, leía y perdía el miedo.

El sexo dejaba espacio en un lado de la cama. Mamá cerraba los ojos, papá apretaba los dientes, y la curiosidad pequeña y quieta estaba en un fino hilo de aire. No había manos libres. Los dedos se sostenían ante el inminente miedo a caer. Un denso olor a sudor, a dientes enfermos y a desconfianza. Mamá gritaba, papá callaba. El sexo dejaba un silencio aterrador.

Escondió los pensamientos en una caja de cartón roja, junto a dos libros de idéntico color y un pequeño autobús escolar. El fuego hacía añicos la ventana, la cerilla se escondía bajo la ceniza, el sofá se derretía como la leche en un cazo hirviendo, las lágrimas secas, la oscuridad convirtiéndose en sombras inquietas, y la mano fría de un desconocido, dura y firme, cubriéndole el cuello con extraña protección.

Las flores amarillas y las piedras grises. El cielo oscuro. El miedo le apretó el cuello, le redujo la respiración y sonrió. No huyó. Papá era tierra. Mamá, ceniza. Permaneció quieto, junto a una pequeña cama, mirándose a sí mismo, interrumpiéndose constantemente, rompiendo su lectura, sin una lágrima. Después, sopló, apagó la luz, y continuó leyendo.

Fotografía. Daniel Diez Crespo.