El deseo

EikohHosoe

En mi cabeza das pasos, descalza, sin rumbo, en círculos que cada vez se hacen más pequeños. Quiero que mi almohada sean tus pies. Quiero tus pies entre mis labios. En mi cabeza desapareces, apareces, hay un televisor apagado, una taza sucia con azúcar mojada, restos de té, y un cigarrillo ajeno. Todo eres tú e imágenes de grises recuerdos. Y yo, pegado a la pared, niño y tímido, y protegido, difuso, como un dibujo a lapicero, abstracto, que trata de retratarme.

En mi cabeza todo sucede, no hay color. Solo, vuelvo a golpear y a sostener la espera impaciente ante tu puerta. La rompo, añicos y serrín, y al final del pasillo no sé imaginar un milímetro de ti. En mi cabeza, todo.

-¿Me conoces?

-Ni cómo cruje tu voz.

-Sin c, ruge…

-Te necesito, pero tu piel, tan dura, y mis uñas tan cortas me impiden llegar a ti.

-Me deseas…

-¿Y tú?

-Soy una naranja pequeña y fuerte.

-Incomible.

-Indomable.

Te acunas lenta y desconocida en un pensamiento que tengo con un trozo duro de pan entre mis manos. Muerdo, caen migas, camino y las arrastro. El mundo se adormece mudo. Huelo tus besos, y en su sabor, necesito hacer el amor a tu lado muy despacio. Arde el semen en mi estómago. Sin embargo, me congelo deprisa, despierto, y me reconozco. Huelo mi piel, huelo su soledad, el abandono, y cómo la tristeza ha ido acomodándose en un solitario lado de la cama. Huyo. Lo hago porque deseo ser poseído, deseo ser tu pensamiento, un deseo que deseo, o deseo ser el deseo. El golpeo de una tiza hace demasiado ruido.

Despierto con el corazón bajo el ombligo, inerte, o repleto de cuchillos. Limpio la sangre porque es esencial que la felicidad no aglomere polvo. Después, salto desde un alféizar y escribo fin en otro sueño. La muerte se parece al silencio, y ambos me apaciguan.

Me obsesionas. Mis labios en los tuyos, y siento confuso tu aliento en el mío.

Te deseo y tengo miedo.

Veo pelos entre tus dedos. Míos. Tus pechos pequeños, vacíos, mirándome como dos desconocidos que durante un segundo cruzan la mirada en un estrecho puente de Soria. Después, nuestros dos coches aparcados, el motor encendido, los sentidos contrarios, y la carretera poniendo soledad y distancia. En mi cabeza ya no hay espacio, y aún así, te guardo. Mi edad se decolora, el peso, y tú, en una minúscula sombra, cegando mi realidad.

-¿Quién hay al otro lado?

-Nadie. ¿Por?

-No de la vida, sino del impulso.

-¿No de la muerte?

-¿Quién entorpece la verdad?

-Lo correcto.

-¿Quién es incorrecto?

-Los malos.

En mi cabeza todo existe. Y tú eres imposible, inaccesible e intocable. Mis manos golpean un círculo de aire, intento romperlo y respirarte, pero el círculo vuelve a empequeñecer y desapareces. Las espirales y la ira me parecen laberintos inacabados. Me hallo perdido, y el yugo eres tú.

Imagino que mi brazo es un anzuelo, y todos los peces de colores ya han muerto bajo las rocas secas.

A diario, te encuentro.

Tu puerta es una madera rota. El pomo gira y gira, pero cada vez que completo el intento, el marco sostiene la cerradura. Voy a correr hasta que el corazón se derrame como un vaso de zumo por el asfalto. Mátame. Apacíguame.

Te miro. Te miro y huyes. Te escondes. Te escondo y te veo.

En el infierno, los pensamientos arden en silencio. Humo y ceniza, y en mi cabeza, tu cuerpo crepita. En tu cabeza, mi cuerpo invisible.

-¿Y…?

-Y.

Fotografía: Eikoh Hosoe.

 

Pensarte

 

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Has muerto de un golpe súbito. Vistes las mismas bragas amarillas que siempre eliges cuando decides, y dices, cariño, vamos a hacer el amor. Un leve descosido a la altura del pubis, y un elefante rosa sonriente junto al clítoris. Las uñas recortadas, limadas, transparentes, las de los pies, y el perfume confuso, en círculos y bajo tu cuello. Semidesnuda, desangrándote, la mancha en la alfombra cece con una lentitud agobiante. Hay un producto bajo el fregadero y trapos sucios. Anita O’Day, Angel eyes, y un libro con el lomo descosido de Carmen Laforet entre tus dedos. Es irrazonable que, dos segundos después de haber desparecido de mi vida, amor, te eche tanto de menos.

La soledad es ruidosa. Me miras y no te veo. Te miro y te has marchado. Los espacios cortos entre los dos necesitan de nuestros zapatos más caros. Una cuchara de azúcar, gotas de miel en un mantel amarillo y restos de vino en los platos de la última cena. Siempre hablábamos de objetos y sueños, y aún juntos, tocándonos bajo las sábanas, no nos acariciábamos, no nos amábamos. El onanismo era quererte de un modo muy ruin, y sin embargo, te necesitaba.

Recuerdo las noches, recuerdo tu sexo en mis labios, recuerdo el sabor de tus pechos en mis labios, los besos apasionados, que gimieras y todo ardiera, recuerdo el adiós, dormir trazando lados convexos en una misma cama, y los despertadores recordándonos que en los últimos años solo hemos deambulado. Tú y yo éramos dos ancianos esclavos de una mano. La soledad, un beso que solo uno de los dos lo había pensado.

No me aterra ser juzgado. Tampoco descalzarme, equilibrar sobre nuestro alféizar y dejar que la culpa y el recuerdo caiga sobre un desconocido. Las ideas repletas de sangre y los curiosos aterrados. Todo se anota, tanto se dice, poco se hace. Sonrío, oigo la campana de un tren turista, el centrifugado y la nevera enfriando dos cervezas. Te pienso, y sé que te has ido porque quizá no te he amado, o por tu empeño de ser tú, o quizá por el simple hecho de correr, tropezar y morder con ira mi entrepierna.

Se ha manchado la pata de la mesa del salón, la que tú, una tarde de sábado, decidiste comprar mientras hablabas de la importancia de los colores. Cuando muevo tu peso, cuando enrollo tu peso, cuando decido esconderte y limpiarte, el sonido de los búhos y los grillos me tranquiliza. Te pienso, pero en el pensamiento ya no oigo un mínimo movimiento.

La cocina es una jaula sin pájaro. Despacio, descalzo, él soy yo una vez más, y bebo un café de un martes. Es domingo. Noto que los ojos se me han descolgado, el reloj es un martillo sobre todas mis ideas, y el recuerdo sobre ti me cubre de barro.

Me atormenta tu piel entre perchas y vestidos. Siento un doloroso desasosiego cuando te pienso y recuerdo que perdimos lo qué fuimos por cómo fuimos. Hablábamos de mentiras, de las nuestras inventándolas como ajenas, del ser humano, del desapego y el apego, de los comienzos y los finales, de la falta de valor y nuestra cobardía, y cuando callábamos y dormíamos, nunca había respuestas, solo preguntas.

Te deseo, pero los botones son cuchillos en mi cabeza. La masturbación y tu canción con el semen frío en la bañera. Las lágrimas secándose en los labios y que nada pueda ya oír. Azul, tu piel es un difuso trozo de cielo, y triste, nunca podré retirarte las bragas amarillas, tan muertas, y tan vivas.

Fotografía: Ilina Viktoria.

Lánguido

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Tenía un pie y era un corazón. Cojo. Ojos raros, cerrados, como una persiana que nunca termina de impedir que pase la luz. Me estaba muriendo, y la muerte carecía de forma y dolor. Tampoco la podía ver. Me estaba matando, despacio, como una brisa suave que mueve con dulzura la cortina. Tenía otro pie y era un cerebro triste. Veloz. A un lado, mi cuerpo joven descansaba en un oscuro sillón, en él pasaba páginas de un libro inacabado y dormía con una taza, entre las piernas, a la que apenas restaba un hilo de whisky.

Tenía un coche con cuatro ruedas negras. Lo aparcaba bajo un árbol sin hojas, lánguido, y pese a mi vaga descripción, robusto, recio y elegante. La paradoja era la montaña de excrementos que crecía a sus pies, la precisión de los perros, y la belleza desordenada de las tres flores amarillas buscando una puerta de salida. Frente al reflejo del cristal, junto al volante y el árbol, aparecía yo. Débil, si bien, aún firme.

Mi vida era simple. No sencilla. Simple. Bebía café, comía magdalenas, mortadela y pan blando. Bebía agua y whisky caro. Leía libros delgados, me masturbaba a diario y permitía que el agua fría de la ducha endureciera mi piel. Había odiado la música, igual que el cadáver de mi esposa, roto en mil pedazos la noche que saltó desde la ventana de nuestra habitación. La memoria era un cuchillo oxidado abriéndome en dos desde lo alto del ombligo. Dolía su cuerpo desnudo. Lo amé y lo destruí.

Moría yo con lenta precisión. Lo decían las letras. Un animal hambriento masticaba mi corazón. Imaginaba huesos y carne seca, tierra húmeda y mala hierba. Despertaba bajo la lluvia, y me gustaba oír mis últimas palabras en el aire. Dormido, dejaba que los pensamientos se acunaran cerca de un pequeño fuego.

-¿Qué te mata?

-Las termitas.

Mi piel era humo, como una madera oscura. Mi piel eran tablones rotos sobre raíles curvados. Leones heridos. Mi cuerpo tenía una composición de minúsculos cajones desiguales sin ropa vieja ni recuerdos. Y bajo él, fotografías y sangre desorientada.

Tenía un viaje cada siete días. Conducía deprisa, y evitaba el freno en las curvas hasta que la línea blanca me advertía de los finales inevitables. Aparcaba con una sola maniobra, pedía un café negro en un vaso de cartón, enumeraba personas con zapatos negros y fragancias. Después, él.

Francisco poseía un nombre católico, un rostro judío, y sus palabras retozaban con incomodidad en el ateísmo. Fumaba con prisa y cuantía, le avergonzaba la rudeza y color de sus uñas, la ausencia de dos dientes en uno de los extremos de sus labios, y decía cada una de las frases que yo debía de escuchar con un sonido rotundo y pesado. Me tomaba una mano y me extendía un papel. Los martes eran días tristes.

Tenía una fecha. Dos números, uno de ellos inservible, una palabra, una hora aproximada, un espacio, mi ritmo cardiaco, un sabor agrío, extremo y seco, un aroma neutro, el tacto sujeto a mi erección, y su hermosa canción con su vaga voz sin un solo instrumento repitiéndose en una vieja cinta de casette. Necesitaba coraje y abrir la ventana.

Era martes y la lluvia hacía confuso el final de las nubes. Francisco le dio tamaño a la voz, a la suya, y con ella, la mía calló. Vi mi pie quieto, sin un latido, sin destino. Vi mi otro pie inquieto, esquizofrénico, aplastado por los gritos. Quería describir un punto, dibujar un fin, dejar una hoja en blanco, que la tierra húmeda y la hierba tomara importancia, sin embargo, desconocía la manera exacta de explicar el vacío. No moví el coche, deshinché las ruedas, pedí un café, largo, en un vaso de cristal, y dejé que el sol cayera sobre las grises fachadas.

Tenía una muerte simpática e indolora. Escribía letras minúsculas y eran humo, y al final de cada trazo, goteaba un helado de fresa. Mi pie era un letrero luminoso, un espectáculo, un patio de butacas. Mi corazón colgaba de un árbol, lánguido él, lánguido yo. Flores y cacas, persianas caídas y puertas cerradas. Mi coche desinflado, mi cerebro  mudo, el viento quieto, el martes triste y la ventana abierta.

Fotografía: Kenneth Josephson

El infierno

El infierno era un trozo de fruta. Los dos teníamos los ojos abiertos, encendidos, y al mismo tiempo, rotos. Que la ceguera hubiera levantado, piedra a piedra, un muro entre los dos, no sofocaba el fuego, que despacio, arrasaba el aire limpio y los árboles. No quedaban flores y olía a ceniza. El viento crujía en las persianas. El infierno era un cuarto sin esquinas.

El infierno era un trazo rojo en un papel blanco. Levanté uno de los lápices de colores, pero todas las sonrisas se me dibujaban tristes. En el tejado, goteras y telarañas. En el suelo, nuestros pies descalzos. Ninguno de los dos aprendimos a caminar en la niebla. Yo, con el frío, te abotoné un pijama roto. Pensé en el sexo, en sus letras, su sonido y lo triste. En el hielo, en la soledad y la cercanía tan distante. Y dormir con el corazón incómodo. Y al despertar, tú me besaste sobre la mesa del último desayuno y lo llamé amor.

Un domingo me afeité desnudo y un corte manchó mis tobillos. Creí resbalar por el tejado, vi el suelo gris, adoquines y chicles duros, y en los surcos, restos de sangre aún líquida. Lo llamé fin.

Nuestro infierno era amar sin amor. No éramos un número y siempre había dos platos sobre la mesa. Un domingo cayeron tus labios al suelo. En calzoncillos, las monedas de mis pantalones rodaron por el pasillo. Oí el ruido acobardado. Lo oí, pero los dos, de nuevo, huimos.

Hacía demasiado tiempo que no pisaba tus zapatos. Me tocaste el pelo, como si fuera un pequeño filete crudo al que después siempre pronto le cae una pizca de sal. No supe si nos mirábamos, solo digerí la velocidad de tus palabras, que no entendí, pero se repitieron durante horas en mi cabeza. Tiempo después, el periódico doblado, una cerveza caliente, tus dedos alejados, los míos enfadados, y supe que pronto abrirías mi piel, que limpiarías con algodón las huellas, que besarías mis labios fríos, y sin llorar, tranquila, desaparecerías.

Hacía tiempo que mi piel era ceniza. La tuya un sendero en espiral sobre una diminuta mesa redonda de metal. Antigua, roída, con restos de pan y pimienta. El infierno era conducir en silencio y oírlo todo. Me llamé inútil y me llamé dolor.

Aprendí a amarte desnuda, sin plástico, sin tela, sin una palabra, tampoco miedo, y con el semen caliente edulcorando una desconocida habitación. Aprendí a besarte sin pausa. Y dormíamos con la ropa enredada al pomo de una puerta y el deseo importunando a cualquier hora. Tejíamos pieles rotas y nunca juzgamos su aspecto. No te he olvidado, solo he olvidado.

El deseo era mi felicidad.

Amaba oler a café y enamorarme de ti. Ansiaba que tu desnudez fuera mía. Que la mía fuera tuya.

Vi una pluma haciendo círculos en el salón y tus labios en los míos.

En el baño había peces grises huyendo, jabón, pelos sueltos y sexo. En el mar, barcos que nunca llamaron la atención. Puse tus ojos en los míos, y con el espacio tan mudo, solo deseé que tu deseo fuera mío.

El infierno era un chasqueo de dientes y tuve la impresión de morderte los labios y oírte chillar. Después, el cielo tenía aves y nubes evidenciando la realidad. Después, siempre después, los dos tratando de ser un solo número.

Fotografía: Daniel Diez Crespo

Mudo

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No poseo una sola palabra. Como cadáveres, todas revolotean inquietas en mi cabeza, en un molesto sigilo, incómodas, golpeándose, corriendo de un lado a otro, sin aire, sin queja, sin voz. A mi lado se sienta una mujer. Eres tú. Te poseo, reconozco tu cuerpo, te amo, te deseo, te necesito, y sin embargo, te distancio.  El amor lo dibujo en un papel en blanco, sin letras, con trazo denso e incorrecto, y aparece con los ojos negros, las uñas cortas, sucias, un ebrio aroma dulce a limón, y mudo. Sostienes mi mano con suavidad, apaciguando la evidencia, reteniendo la fuerza del tiempo y ahogando cada uno de los gritos que tiemblan al otro lado de la puerta. No voy a morir, pero, inevitablemente, estoy muriéndome.

El verano aplasta los tejados y las garras rayan las ventanas. Nos abrazamos en una gigante cama con las sábanas desnudando el colchón. Ropa interior limpia y pequeña. Lejos nuestras manos, lejos nuestros ojos, nuestros labios, el aliento y el corazón. Callamos. Nos tocamos los dedos, esperando que en ellos, al rascar, brote el amor. El sol es una línea en la pared, el reloj una fea canción. He de hablarte de nosotros dos, pero me aterra la oscuridad.

Pienso en mí, en el tiempo cayendo una y otra vez en una minúscula cuna de cristal. La arena me endurece la piel y esconde toda edad. No hablo acerca del miedo, de la comodidad, de la rutina vacía, ni de los sueños entre las facturas dentro de una caja de cartón. No poseo palabras, poseo rabia y hambre. El sexo da vueltas en el desagüe. Veo la vejez, no es alta, es un número, es concreto, robusto, educado, con la mirada apenada y el pestañeo lento. Me cuelgo del volante y espero que el sueño, de improviso, asfixie este constante ruido.

No sé cómo tocar, cómo esconderme dentro de ti y no volver a ver. No sé cómo amar y oír que estás amando. No sé cómo decir que el amor me está doliendo y que tengo los pies empapados de sudor. No sé cómo enterrar todas las palabras que mueren en mi cabeza.

Te dibujo, te despierto y me duermo.

No poseo una sola palabra viva. Los muertos siempre continúan hablando. El silencio asusta bajo tres mismas notas de un viejo piano. Esa repetición es una melodía bella, dulce y cómoda.

La misma mujer sentada a mi lado me abraza. No te reconozco, aunque sé que doblas ropa interior que he dejado caer.

Ya no despierto desnudo. Sueño que muevo pomos de puertas cerradas, y cuelgo mis ojos desde lo alto de un escaso colchón. Veo sábanas estiradas, te veo, y erecto y sin un halo de aire en la nariz, permito que el pis calme el deseo. Escondo mis manos bajo una almohada de flores azules. No logro dormir. Debemos decir que nos amamos. Lo oigo.

Camino torpe, degollo legañas.

Hay un apacible silencio, sirvo café, me oigo y callo. Soy dueño de mi edad, la acaricio, le hablo, duele, eyacula. Bebo agua, la mezclo, abandono el alcohol, recuerdo mi lengua en tus labios, eyaculo. Hay un violento ruido, sirvo café, te oigo y callo. Cruzo las piernas, sostengo la cabeza elevada, y equilibro la mirada en lo alto de la única montaña que corta en dos la ventana del salón. He de hablarte de nosotros dos, pero me aterra el amor.

 

FOTOGRAFÍA: Sandra Leal Ruiz

Niebla

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Me estoy arañando la planta de los pies. Te vas despacio, y me pierdo en el vello que, erizado, es una sombra entre tus piernas. El humo es un sendero tras el que desapareces. Me estoy echando mucho de menos y duermo sin tu cuerpo. Me despierto, me lavo la cara con un jabón dulce y áspero, cepillo mis dientes, arriba y abajo, abro la puerta, bajo cada uno de los escalones de madera con prisa, piso con excesivo peso, apresurado, y el sonido atormenta. Ya no miro atrás. Hay flores amarillas escondiendo el arcén.

Atrás, la niebla.

Vivimos en una casa de madera, nos arañan las ramas de los árboles. Duermo sobre las sábanas. Duermes bajo el colchón. Sueño en silencio y aprendo de las pesadillas que relatas cada noche. Te acaricio, te huelo, me escondo. Echo de menos el tacto, el deseo desobediente y ser valiente. No te toco, amanece y desfilan pájaros entre las tejas.

Tus labios fríos, mis labios rudos. El amor es un gesto tierno, y el pan en la panera, duro, se desmiga. En junio, el mar baila bajo tus pies pintados. Tus ojos lejanos, los míos cerrados, y ambos dibujándonos y evidenciando que nos hemos desenganchado. Recuerdo el cable deshilachado de la lámpara del armario.

La lluvia me dice lo que somos. Y qué somos. Me sabe el corazón a mugre, y aun latiendo bajo mi pecho, lo devoro. El dolor no ha muerto. Quiénes somos. Quiénes tú y yo. Amar no es querer, es ser. Te beso, y tras hacerlo, necesito abotonarme el abrigo.

Niebla cubriendo la hierba.

Pienso y me alimento. En invierno soy un lobo hambriento. No me como, me engullo. Tus senos fríos, mi pene duro. Tu cuerpo es un pomo, y mis dedos están rotos. Los dos en silencio, durmiendo.

-Me has pedido…

-Y te lo he dado.

-Pero no te he bebido.

-Tampoco tocado.

Nos escucho y no entiendo qué decimos.

A veces el frío se adueña del salón. A media noche, nos escribo. Duermo y despierto. Nos escribo. Busco tus huellas en el pasillo. Las piso, y en una silla de madera, tu estela. Nos masturbo. Oigo cómo me observas, oigo que fumas cogiéndome la mano, te oigo, lo intento, pero no sé lo que escucho.

Pienso y me atormento. La lluvia me estrangula, me rindo, me excito, eyaculo y pienso. Echo de menos lo que fuimos. En junio baila el mar y te amo. Levanto uno de los labios y continúo en silencio. Todas las palabras golpean al caer. Las recojo, sin embargo, no hay significado. Pienso que huyes, pero solo duermes.

Disecciono mi miedo, lo coloco sobre la mesa, y en ella aparecen ciento trece piezas. Carecen de sentido. Grito y hay un cuchillo atravesando mi cabeza. Te acercas, me alejo, y cuando no estás, te recuerdo. Mis labios, el sexo, los gemidos, el deseo, y los dos como un espejo. El fuego iluminaba tus ojos, la niebla es una sonrisa triste.

-¿Me quieres comprar los zapatos rojos?

-Te quiero descalzar.

-Habrá que pagarlos.

-Y abrazarnos.

Te beso, hablamos de palabras ligeras, del amor y la breve existencia de las cosas, del miércoles y la lista de la compra, de los sueños, y al callar, la niebla.

 

Fotografía: Virna Haffer.

Antes

Aún olía a tortilla, tú sostenías el peso de tu cuerpo desnudo sobre una pequeña mesa de cocina, yo, de puntillas, hundía mi erección bajo el hilo de tu sombra. Colgado, ahorcado, y al tiempo, exhausto. Yo vi tu pierna levantarse y sostenerse a escasos centímetros de un tenedor de metal junto a dos pequeños platos. Ambos limpios. Y los dos sucios. Nosotros. Me ahogué, tus labios me mordieron, eyaculé, y hoy, aún, siempre te recuerdo.

A veces echaba de menos el calor de mi piel bajo la tuya. Sobre ti. El dominio, la mirada en la oscuridad, las palabras hablando de deseo esperando el deseo. Luego, silencio, nada, y en la nada la comodidad. Y me masturbaba en tus sueños, y los dos dormíamos abrazados como si el amor nos defendiera de todo. Preparaba el desayuno, oía la ducha caer entre las paredes, encendías el motor del viejo coche para romper el hielo, y un beso. Después, el humo en la ventana.

Qué nos queda. Cuando el suelo se abre, dejarse caer. Ahora cae a menudo mi corazón desalojado, mi cuerpo lejano, frío y pesado. Veo platos manchados, cerveza caliente y mi pene en mis manos. Frías. Y eyaculo. Y nos veo. Caemos los dos hasta estrellarnos. Nada espera, nadie queda, y al chocar, solo vaho.

La lluvia te gustaba fría, delgada y enredándose en la eternidad débil de tus dedos. Bebíamos té, cerveza templada, y rompíamos agujas de un reloj acelerado. Me gustaban tus manos apretando las mías, suplicando la contención, y al mismo tiempo, empujándome al infierno. Mi piel en llamas, nunca ceniza. Nunca supimos qué queríamos, y nunca lo quisimos, y lo tuvimos.

Qué somos. Dos árboles desnudos evitando las sombras.

Ahora duermo en una alfombra áspera y oigo tus pies descalzos bailar. Las hojas secas cubriendo el suelo.

Qué deseamos. Hacernos el amor y no recordarnos. En el odio, aún te amo. Pero cómo tocarnos tan alejados.

Un viernes, la mirada comenzó a perder altura, las palabras, importancia, el tacto, memoria, el deseo, deseo, el sexo, amor, el amor, pasión. Un sábado, éramos los mismos siendo todo distinto.

Un viernes, tocaron la puerta y sonó, y midieron nuestra habitación. Y comenzaron los números, las cajas de cartón, las lágrimas, la ausencia en nuestro espacio, decirnos adios y no conseguirlo.

Un viernes tuve frío y sentí un intenso dolor en el ombligo. Lo vi caer y sangrar.

El sábado sonreías junto a mi cuerpo tendido.

Qué hay. La sonrisa es un esqueleto, inmóvil y frío. Tres individúos.

El martes me abandonaste.

El miércoles.

Él era yo.

Antes los dos.

Fotografía: Daniel Diez Crespo