El interior de un espacio

Latidos

Marlon respiraba despacio, tumbado en la alfombra, bajo la mesa de cristal, bajo el café y las tostadas, la mantequilla, la mermelada, el cuchillo manchado y la cucharilla. A veces parecía un objeto de decoración en su posición eterna y cómoda. Silencioso. Todo lo que estaba sucediendo quizá también le empujaba a serlo con más fuerza si cabe. Cada día que pasaba, sus escasos paseos por la casa los hacía con más sigilo, daba la impresión de que su corazón quisiera pasar desapercibido. Bebía poco, comía mucho y dormía. O simplemente cerraba los ojos y descansaba. Los perros, en su estúpida apariencia tenían una hermosa inteligencia emocional. Manolo, que había olvidado su presencia, se considerada dueño de aquella frase que había utilizado en infinitas conversaciones. Ahora, egoístamente, las caricias y conversaciones sin respuesta que necesitaba de él hacía casi una década, le eran imprescindible. Álex, recientemente, y sin tampoco decir nada, había tomado la decisión de ser la responsable del paseo de la mañana. Temprano, apenas llegaba hasta el final de la calle. El sol en primavera iluminaba las aceras poco después de las siete, había polen en los bordillos y una hilera de pétalos blancos de los almendros en flor. Ella encendía un cigarrillo, Marlon no hacía ruido, y allí, donde un pequeño parque ponía fin a una hilera de casas idénticas, él hacía pis y caca. Álex daba dos caladas rápidas y nerviosas, tiraba la colilla, buscaba un chicle de clorofila en su bolso de tela y la bolsa de plástico. Recogía las heces, y con el reloj en el teléfono y los primeros mensajes iluminando la mañana, los dos caminaban con prisa de vuelta a casa hasta la esquina en el que las construcciones volvían a ser distintas unas de las otras. 

Álex solía preparar el café en la vieja cafetera italiana gris, Marlon ocupaba con sigilo su lugar y esperaba que el desayuno poco a poco ensombreciera la mesa de cristal. Manolo dormía. Los días, de pronto, habían empezado a transcurrir pesados y lentos. Álex desayunaba sola, sin paciencia ni hambre. El ruido del cuchillo de mantequilla rascando el pan tostado y la cucharilla en el interior de la taza evidenciaban la urgencia. No recogía. Se ponía de cuclillas, sacudía el hocico tres veces del animal y salía de casa elevando la voz; ¡Me voy! El café seguía espeso entre sus encías. Su marido no respondía. Se oía el golpe de la puerta, buscaba la hora en un pequeño despertador de noche digital y giraba sobre sí mismo para cerrar los ojos unos pocos minutos más. En ese silencio, no oía a Marlon, quieto y paciente bajo la mesa de la cocina, y solo,  se dedicaba a escuchar con atención la constancia de su corazón. Los latidos, a sesenta y dos por minuto, le permitían seguí allí, tumbado, pensando, mirando, oliendo, escuchando, sintiendo. ¿Cuándo te vas a detener?, se preguntó. ¿Cuándo?

Álex tenía una copa con seis hielos. El sexto se había desgastado por el movimiento, pero continuaba allí preso entre el resto, el limón y el cristal. Cruzaba las piernas sobre un taburete alto, redondo, negro y acolchado. La música sonaba por debajo de las conversaciones y los escasos espacios vacíos. La luz era tenue en su posición frente a los focos que se encargaban de iluminar cada una de las botellas que quedaban en los estantes de la barra. ¿Vendrás a cenar? Lo había leído hacía veinticinco minutos. No, respondió, tengo trabajo. Lo dejó caer en el interior del bolso, que a su lado, sobre la barra, seguía cerrado.

Necesitaba otra. Pensó cómo sería no respirar. Eso de morir, se dijo. Quizá era dejarse dormir. Pensó cómo sería el vacío de su habitación. Cómo serían los recuerdos de algo que ya jamás podría volver a tocar, oler, oír, sentir. Y se sintió mal, culpable e irremediablemente estúpida. Pensó que de pronto toda su vida era un completo error, que todas sus decisiones habían sido una completa equivocación. Estaba triste, no infeliz, no decepcionada, simplemente apenada. Equivocada, repitió en silencio. Bebió el final de la copa y añadió la palabra traicionada. Y al gritarlo en su cabeza se alejó de la mano de David. Estaba muy cerca de la suya. ¿Por qué el pensamiento de su marido no dejaba de dar golpes en el interior de sí como una pequeña pelota de goma, de esas que usan los niños y sin medida lanzan contra la pared y esquivan entre risas porque su movimiento ha perdido todo control? ¿Cuándo perdió el amor? ¿Cómo? ¿Dónde está?

-Siete de junio.

-¿Perdón?

-El viaje. ¿Te parece bien?

Bebió deprisa. El hielo seguía allí. El sexto se mantuvo en su posición. David continuaba con el teléfono en la mano esperando la confirmación. El alcohol de Álex se había ido. El limón resbaló hasta el fondo y ella comenzó a sentir una inesperada euforia. Una sensación inmejorable. Le latía el corazón a más se ochenta pulsaciones por minuto. Sonrió y se agarró con fuerza al inicio de esa sensación maravillosa. Nadie tenía que recordarle ningún fin. Hizo un gesto al camarero y respondió.

-Perfecto. 

-Es un cliente muy importante -recalcó.

-Lo haremos bien…

-Lo sé.

David tecleó durante apenas un minuto más y guardó el móvil en el bolsillo derecho de su pantalón. Era miércoles, la tarde aún estaba despierta en las pequeñas ventanas de aquel local. El sol tardaría en tocar la línea que separaba el cielo del mar. Su jefe, su compañero, su amante se oyó decir, bebía frente a ella y hablaba. ¿Cuándo había sucedido? No había nada, y sin embargo, era evidente que aquella mínima intención era más que un claro acto de culpabilidad. O quizá de evidencia premonitoria.

-No me gusta que el olor del perfume de un hombre me invada. 

-¿Lo hace el mío?

-Lo está haciendo. 

-¿Y qué puedo hacer?

-Hoy, nada.

Los dos se quedaron con los ojos helados mirándose, por primera vez, con mayor distancia de la planeada. Álex no sabía por qué había soltado aquella verdad incómoda sobre él cuando evidentemente, desde el primer paseo con Marlon por la mañana había estado pensando en él, en la necesidad de sentirle dentro de sí, en vaciar su cabeza, en dejarse llevar y ver si la mierda dejaba de ser parte de tanta culpabilidad. Los dos bebieron, y sin éxito, intentaron volver a sonreír.

El timbre era blanco. El botón minúsculo, apenas perceptible, circular, y del tamaño de un dedo meñique adulto. La puerta de metal, negra, las rejas de verde militar permitían ver el patio interior, desordenado, cubierto de tiestos de cerámica, muchos con vida otros sin tierra, y algunos con ella pero sin planta. En una esquina había herramientas de jardín, a su lado una mesa plegada y cuatro sillas apiladas, ambas de plástico, y a continuación dos bicicletas tumbadas contra la pared y en evidente abandono por la falta de aire en las cuatro ruedas. Manolo se agachó con cuidado un poco más en busca de una mejor perspectiva. Que soplara el viento hacía el instante más sospechoso. Y que dos casas más abajo un perro ladrara sin descanso con ira e impotencia también. Y que nadie pasara o paseara en ese momento tenía desatado el ritmo de su corazón. Pulsó el timbre. El ruido no se oyó en el exterior. Una campaña  muy musical sonó dentro de la casa. Tardó la puerta en abrirse. Los pasos fueron lentos, y cuando llegó a la cancela de metal, él abrió con confianza. 

-¿Quién es, qué quiere?

-Me llamo Manolo y sé algo de tu mujer. 

El interior de un espacio

Canción

Una canción es hermosa cuando tiene un hilo musical que te recorre por dentro y no se rompe. Suele enredarse, pero jamás anudarse. Vibra, y al hacerlo existe un cosquilleo que se desencadena, un indescriptible placer que, para mí, a nada se asemeja. La explicación es un sonido grave tamponando los oídos. Manolo no miraba a Alexia aunque le hablaba a ella, y pese hacerlo, asumía que todas las palabras eran para él. Ella, aquella tarde no quería tocar, solo escuchar. Él aceptó el capricho y ocupó el banco. Ella estaba allí, sentada a su lado en aquella pequeña silla de madera, observando el perfil del hombre que le había enseñado tantos incontables recovecos de aquel enorme instrumento. Él tocaba las teclas sin prisa, con pausa y sin duda. Había cerrado los ojos, los abría con lentitud para que apenas entrara un hilo de luz y los volvía a cerrar. Sus dedos se repartían con serenidad por cada una de las notas, y solo cuando volvía a colocar ambas manos sobre sus muslos ella entendía que era el fin y se atrevía a hablar.  

-Es hermoso lo que haces…

-Me gustaría, un día, que tocaras esta canción. 

-Me gusta oírte tocar.

-Puedes tocar y oírme, y al mismo tiempo oírte a ti mismo. Alexia, todo sucede al mismo tiempo. 

-Me estoy enamorando. 

-¿Sí?

-Sí. 

-¿De la música?

-No.

-¿De qué, entonces?

-De quién… 

-¿De quién?

-De usted. 

-Alexia…

-¿Qué, profesor?

-Yo soy tú, siempre tú. Y yo, en cierta manera, soy tu primera canción. Un día me recordarás y te haré feliz, pero nada más.

La niña intentó acercarse a él, colocó las puntas de sus zapatos en el suelo y amagó levantarse de la silla. Él quiso alejarse de ella. Retiró el banco, gruñó, y con torpeza, su brazo derecho se posó sobre dos de los pequeños dedos que ella había colocado en la esquina del piano. Resbalaron y sonó un desafinado do en clave de fa. La nota grave tembló en la habitación. Alexia cogió la mano grande de él, la apretó con fuerza, la despegó de las teclas e intentó que aquel ímpetu no mostrara desesperación. Manolo se puso de pie sin lograr liberarse, aceptó su resistencia y observó la cara pálida e inocente de aquella niña tan joven y triste mirándole con deseo. 

-Serenata D. 957 Nº 4. Es lo que has oído. 

-Preciosa. 

-La semana que viene, por favor, apréndela.

-Lo haré. 

Él con lentitud soltó sus dedos, y con la misma mano que había sido apretada acarició su pequeño hombro derecho. Alexia notó los nudos de la lana en la piel y ladeó la cabeza sin dejar de mirarle a los ojos. Manolo bajó la mirada, recogió su mochila y abrió la puerta del aula. La canción no se fue, ellos dos sí.

.

Álex escribía apresurada aún desvestida mientras tarareaba una canción repetitiva en su lengua. Manolo recordaba el verano del año dos mil, cuando el fin del mundo se había producido, los aviones caían en picado en su imaginación un mes de enero, y estuvieron a punto de morir en un accidente de tráfico múltiple debajo de un camión siete meses después. En la radio, sonaba Los Rodriguez. Fue aquella canción. ¿Lo Recuerdas?, preguntó ella. Con desidia asintió él. El gesto mudo le hizo apretar los labios. Tenía pocas ganas de recordar porque todo tiempo feliz ahora le hacía sentirse más triste. Nostalgia, corregía ella. Pero él sentía pena, mucha, y no sabía la manera de zafarse de ella. 

Su mujer colgó la toalla tras la puerta del baño, abrió un cajón de la mesilla, el más alto, y eligió una braga, el del medio, y sacó un sujetador. La ropa interior era excesivamente elegante, pensó él. Estaba hermosa, pensó él. Ella se miró en el espejo, de frente y de perfil, volvió a tomar notas en un cuaderno de líneas paralelas, y después regresó al teléfono que aún seguía conectado al cargador y al enchufe, lo desbloqueó y escribió con prisa. Manolo, desnudo, estaba sobre la cama, destapado y en silencio. El tarareo de Álex que continuaba en el aire le devolvió a la canción, a su volantazo, y a la imagen en el retrovisor de los coches que no lograron evitar el camión. ¿Eso es la vida? ¿Un segundo de indecisión, tal vez? 

Él no iba a vestirse. Él no iba a ir a ninguna parte. Él no tenía planes. Era sábado y el sol entraba muy débil por la ventana porque una densa bruma cubría el cielo. Aquella mañana habían hecho el amor, muy lento, muy sentido, creyó él, de un modo cuidadoso, como si su mujer sintiera que cualquier movimiento brusco pudiera hacerle más daño. Ella había tenido un extraño orgasmo mudo, él había sido preso de un espasmo incontrolable con una eyaculación atropellada y mínima. Todavía podía notar líquido seminal en el glande. Él acarició la textura de aquella colcha verde de formas geométricas, áspera y arrugada, y la acercó hacia él sin cubrirse. Observó con detenimiento el cuerpo inclinado sobre la mesa de la habitación, escribiendo de nuevo en su cuaderno, y notó cómo el deseo regresaba a su estómago.

-¿Vendrás pronto?

-Lo haré. -Dijo Álex. Eligió una camiseta negra y con la misma prisa que escribía se enfundó unos vaqueros estrechos.- ¿Qué harás?

-Escuchar música. 

-¿Los Rodríguez?

-No… -Sonrió Manolo. 

-Me gustó ese viaje. 

-Y a mí.

-Y la canción. 

Álex sonreía. Se dirigió sin calcetines hasta el baño y cerró la puerta. Manolo buscó la esquina del edredón y cubrió su cuerpo. Giró hacia la ventana, y antes de que el sol venciera a la bruma y su mujer apagara el secador, él se quedó dormido. Pensó que tal vez simplemente era eso morir, dejarse dormir. Ojalá, soñó. 

El interior de un espacio

Materia

Sobre la mesa de la cocina, en orden, un total de ocho, de distintas formas y diseños, incluso colores, dosis, todas ubicadas en su horario bajo pequeños recortes de papel que él había escrito con un bolígrafo negro. Y cada una de ellas con su repercusión y función. A un lado, el informe médico. Y en él, los detalles subrayados y lo importante recuadrado. La tarde anterior había entrado en una pequeña tienda al final de la calle que hacía esquina con el ayuntamiento, un espacio antiguo, barroco incluso, con un extraño olor a madera mojada. Desde una de las pequeñas ventanas redondas podía verse el mar. Había dado dos vueltas al vacío sobre una alfombra de felpa áspera y vieja, mirándolo todo y observando nada. Después, se acercó al mostrador, y cuando reunió un poco de valor, sintió vergüenza al preguntarle por un pastillero. La señora esbozó una mueca de condolencia con una confusa serenidad. Acto seguido, preguntó, ¿semanal o diario? ¿Es importante? Inquirió. ¿Y necesitas cortador? Manolo dio un paso atrás y notó la necesidad de que la materia de su cuerpo se desintegrara. Tuvo la mentira en la boca, pero no la pronunció. ¿Tantos hay?, insistió. Sí. Los hay con triturados para quien no puede tragar, electrónicos con alarma… Me he de tomar ocho al día, interrumpió. ¿Le recomiendo? Por favor.

Su vida ante el fin dentro una pequeña caja metálica azul con un hermoso y vital sol amarillo parpadeante. Y la manera de empujarse hacia el final era aquella medicación estricta y ordenada que, si bien no le iba a devolver a lo que antes era, iba a hacer de él una persona con vida durante más tiempo en ese planeta. Tenía muchas ganas de llorar. No lo hizo. También deseaba gritar, expulsar la rabia por la boca, pisotear la impotencia hasta romperse las rodillas. No lo hizo. Anhelaba su infancia, la juventud, y tener el valor de encontrar una simple pastilla que le evitara tener uno solo de los miles de pensamientos que le atormentaban, sin embargo, allí, entre las ocho, ninguna estaba. Oyó el somier. Álex se despertaba. Miró el reloj de su muñeca, el que antes nunca llevaba. Las 9.38. Buscó el teléfono, lo desbloqueó y configuró los horarios. Desemblistó el resto de pastillas y las fue ubicando en su lugar. La vida número dos comenzaba aquí, pensó. Preparó café y dos zumos. 

Los días de primavera aún continuaban siendo muy lluviosos, oscuros y feos. A lo lejos el mar seguía con cólera golpeando las rocas del acantilado, moviendo las rocas de la orilla a un lado y otro, y tanta furia humedecía mucho la ciudad. Álex y Manolo paseaban despacio hacia la cala de los pobres, distanciados y sin hablarse, mirando al vacío ella, al suelo él, deseando que alguno de los dos dijera una frase que nada tuviera que ver con la verdad, con lo existente. Él miró atrás y vio sus huellas ya confusas con otras huellas. El sendero se estrechaba más más y cada vez era más difícil evitar los charcos, el barro y mantener el espacio en paralelo entre los dos. En un costado del cielo, un hilo de luz se quebró entre las nubes. Al menos, pensó Alex, el viento apenas soplaba con fuerza. 

-¿Lo del brazo? -Preguntó ella.

-¿Qué? 

-¿Has sabido algo?

-No.

-¿Y quieres?

-No. 

Ella se colocó el gorro de lana para cubrirse mejor las orejas, intentó meter su brazo entre el de él, y que su cuerpo se acercara al de ella mientras continuaban caminando. 

-Sé dónde vive el marido.

Manolo detuvo el paso sin librarse de la atadura de su mujer. El frío le ponía a ella los ojos vidriosos obligándole a multiplicar el ritmo de su parpadeo. Los dos se miraron y ninguno compartió un pensamiento. Breves y concisos, pero mudos.

-¿Cómo?

-David le conoce. 

Él aumentó la velocidad de su respiración. Persistía el ritmo del mar golpeando contra las rocas. El crujido tenía una medida de tiempo tan matemática y musical que el solo hecho de pensarlo un instante le inquietaba. Fue capaz de borrar la inquietud porque de forma inesperada sintió nauseas, un malestar doloroso en el estómago, acidez en la boca, sequedad entre las muelas, y emergió un feo sabor a hierro. Supo que poco tenía que ver con el brazo muerto y el marido. Respiró hondo para no vomitar. Los sudores fríos emergieron en la piel, en el torso y en la espalda, sintió un desconocido temblor en las rodillas, dobló su cuerpo y apretó con fuerza la mano fría de Álex. Ella le cogió de la cintura y le buscó el rostro. 

-¿Te encuentras bien?

Manolo se enderezó y aumentó la respiración tratando de calmar el malestar. No quería que existiera la posibilidad de dejar una mínima parte de sí mismo allí en el camino. Necesitaba demostrar entereza y esconder cualquier pista de debilidad. 

-¿Por qué me lo dices? 

-Por si quieres devolverle el anillo que tienes guardado en la mesilla de tu habitación. 

Entonces vomitó sin remedio. Dio un paso a un lado, giró noventa grados, y el café, la medicación y las dos galletas cayeron como una masa espesa sobre el suelo mojado y embarrado. Álex se quedó congelada durante dos segundos. Después, le abrazó.  ¿Era aquello el comienzo?, pensó Manolo. Hacía dos semanas que el anillo estaba en la rueda del maletero, pero ella lo habría visto antes. ¿Y ahora qué? Las arcadas se repitieron, pero nada de sí quedaba en su interior. 

El interior de un espacio

Verdad

Manolo tuvo dos infancias. La primera antes de cumplir los diez, en una pequeña villa junto a la montaña. Había una pradera repleta de hierba vacía en invierno, con flores en primavera, y siempre árboles.  A esa edad solo distinguía uno, la higuera, al que escalaba con destreza para desaparecer tardes enteras de verano. Había dos patio pintados a menudo con tiza, juegos y corazones, garajes en los bajos que hacían de porterías, y unas escaleras que, aunque solo separaban un bloque de otro, recorrerlas era un viaje lejano hacia lo desconocido. Eran los años ochenta y él y sus amigos parecían estar inmersos en un pleno e indudable libertinaje. No recordaba normas, sí escasos límites, y sus padres no eran partidarios de los castigos. La tristeza era parte de nada. Manolo creció en un tiempo en el que la amistad era hora, portal y timbre. Todo comenzaba ahí. Lo demás simplemente aparecía. Cuando era niño nunca sabía de dónde provenían sus cosas. Tenía el recuerdo de su bicicleta naranja y azul. Estaba ahí. Pedaleaba, jugaba, se caía, volvía a levantarse y volvía a pedalear. Caía la noche, e igual que el metraje de una película, la escena siguiente era un desayuno apresurado en una mesa redonda, enorme, endeble y vieja. Y ella, su bici, al llegar la tarde, volvía estar ahí, en la calle, junto al portal y el timbre.

El cambio llegó en el comienzo de la segunda era. Al cumplir los once. Manolo vio su nueva casa el día de su comunión. Eligieron una ciudad, edificios repetidos, calles estrechas, vecinos desconocidos, autobuses de línea con números incalculables y sin destino escrito, supermercados grandes y panaderías en cadena. La reconstrucción de aquella etapa le hizo un monstruo que él moldeó sin guía ni consejo. Se sumergió en una mezcla de infanticidio y adolescencia, y en ese punto y sin previo aviso, de pronto, aparecieron los besos, la saliva y los bancos de madera junto a ella con innumerables minutos muertos y fríos buscando la simple posibilidad de esa caricia cerca de la teta. Luego más saliva y el sexo como una cueva oscura y fría. No tenía en su memoria cómo se hizo y deshizo el género, el valor y el miedo.

Manolo intentó educar a su hijo desde un completo desconocimiento, desde su amor, con la amistad y sin aplicarle el riesgo al fracaso que siempre sus padres le advirtieron. Quiso ofrecer libertad, decirle que todo era posible, y que sólo había una cosa que nunca existiría, y era todo aquello que no podía ver ni tocar. Sintió equivocarse de forma constante, porque años después dudaba de aquella certeza. Había muchas cosas imposibles. No podía tocar su propio deterioro, y tres folios grapados indicaban con importante certeza que así era. 

Le contó una tarde de primavera a su hijo en plena pubertad mientras compartían las vistas de un mismo mar. Antes todo era más de verdad. ¿Hoy no lo es?, preguntó. No del todo. Los dos se miraron y nadie puso comentario alguno. Los años cayeron uno sobre otro y otro, uno creció, otro envejeció, y los dos se distanciaron.

Echó azúcar al café y cerró el cuaderno. En él había escrito cosas que necesitaba y no necesitaba. La simpleza en ocasiones era fea pero eficiente. La puerta de la cafetería se volvió abrir. No era él. Metió la cucharilla en el interior, encendió la pantalla del teléfono, y ahí nada. Miró alrededor. Todo el mundo que allí ocupaba su silla esa mañana de sábado apenas salía de sí mismo. La frase le gritó. Volvió a sonar la campanilla. Era él. Manolo se levantó con brusquedad. Él le sonrió evidenciando que su movimiento había vuelto a ser un gesto de torpeza, nerviosismo e innecesario.

-Hijo…

-Papá…

-¿Quieres algo?

-Una cerveza, por favor. 

-Es temprano. 

-Y sábado. Por favor.

Manolo se acercó al olor de su hijo. Había ido cambiado en los últimos años. La ropa ya no salía de la lavadora de casa, el perfume tampoco era el mismo, la crema, la alimentación o el mismo agua que veía y le mojaba la piel pasaba por cañerías distintas. Tampoco dormía en las sábanas. Su hijo, en cierta manera, ya no olía a su hijo. Decirlo dolía. Y aún así, olerle era un acto indescriptiblemente maravilloso. Le abrazó fuerte y se dejó abrazar. Media hora después, él le abrazó más fuerte, y Manolo, rendido, se dejó abrazar. 

.

¿A qué saben las lenguas? No todas tenían el mismo sabor. Tampoco la misma textura, ni siquiera movimiento. En los besos ella siempre había valorado la forma de la boca y los labios, la suavidad del piel, la brusquedad en el envite, la duración del mismo o el estado de los ojos. Álex solía cerrarlos, era tímida con el movimiento de su lengua, le gustaban los labios, el roce más que el tacto, el escaso movimiento más que el roce, y la eternidad más que lo fugaz. Álex amaba la sutilidad de los besos, y la paciencia y el calor que ellos acababan dándole.

Atardecía y sujetaba el vaso sin saber el tacto real del mismo. Al fondo, el mar era una manta gruesa de lana que apenas parecía moverse. El cristal aún estaba frío. La luz azul del techo del local le caía sobre la camisa blanca y le dibujaba una banda en diagonal entre sus pechos. Volvió a llevar la mirada hacia la ventana, el paisaje, la libertad e inmensidad. Mientras acariciaba la copa también vigilaba los ojos de él, altos, que caían sobre ella, pesados, e incluso incisivos. A veces uno no sabía detener la violencia cuando esta era como un fantasma, invisible e inalcanzable, y sin embargo, tan presente. O quizá no quería. Nadie veía lo que sucedía, pensó, solo ella. Bebió, pero era hielo. ¿A qué saben las lenguas?, volvió a pensar. Miró la pantalla del teléfono y volvió a ver los dos mensajes de Manolo. Los había leído, pero no había dejado que supiera que los había leído. La vida, antes era más de verdad. 

-¿Cuándo dejaste de querer? -Preguntó Álex.

-Para querer hace falta sentirse querido -dijo él. -¿Otra copa?

-Me parece egoísta. 

-No creerlo es estúpido -respondió David. 

-Sí, por favor.

Levantó el brazo de un espasmo y el camarero respondió a su gesto de inmediato. Hizo dos círculos con su mano derecha indicando la evidencia de una nueva ronda, y de inmediato la respuesta asintió una vez con la cabeza. 

-¿Quieres a tu marido de verdad? -Preguntó él. 

-Sé que le quiero, pero no sé cómo le quiero. 

El interior de un espacio

Realidad

El maletero olía distinto. A recuerdos, pensó. En él, a un lado había dos instrumentos, una flauta y un ukelele, ambos en sus respectivas fundas. Atado a una goma, un trapo y un pequeño y viejo bote para limpiar el salpicadero. Nada más. La rueda que estaba bajo la tapa de felpa y la manta de cuadros tenía cada vez más óxido. Manolo esperó que la luz del garaje se apagará, encendió la linterna del teléfono, metió la mano en el bolsillo y sacó la servilleta en la que escondía el anillo. Entre los círculos de la llanta, con cuidado, introdujo los dedos y hurgó hasta hallar un recoveco justo, y que durante la conducción no cayera. Cuando lo sintió seguro, sacó el brazo, apagó la luz, y con prisa bajó la puerta del maletero. Nadie a su alrededor, coches apagados, una gotera sorda y restos de aceite seco, y sin embargo, sentía la sospecha de que alguien le había visto. 

Por la mañana habían hablado de él en la televisión. Álex le había dado un abrazo largo, le había besado el cuello, acariciado la espalda, y sutilmente pasó con suavidad la mano por la entrepierna. Ella le había besado, bebido el último sorbo de café, y antes de irse apretó el botón de apagado. Déjalo ya, dijo. Cerró la puerta, la volvió a abrir con prisa, desenganchó el teléfono del cargador, cerró de nuevo y se fue sin decir nada más. Manolo pulsó el número uno y volvió a ver la imagen del brazo. No dejaba de aparecer. En primer plano, en segundo, en lo alto en una esquina de la pantalla, en la secuencia de un vídeo y entre las constantes palabras de los presentadores. Hablaban de la importancia del metal, del nombre de la mujer, del marido aún con vida que, apenado, no entendía qué desalmado había podido quitarle la vida a su esposa, cortarle el brazo y robarle un anillo. Hablaban de teorías, sospechas, investigaciones y poco más. No había ajustes de cuentas y tampoco un valor desmesurado en la joya desaparecida. No había respuestas, y quizá, pensó Manolo, la vida era lo que uno siempre necesitaba, respuestas. De ahí, triste, dijo para sí una vez más en voz baja, la muerte. Vio la hora en el microondas. Apagó el televisor, se calzó unos zapatos negros y miró el teléfono. Nada. Era hora de subirse al vehículo y dirigirse con calma hasta el trabajo. 

.

Álex, la noche anterior, bebió primero la copa que Manolo había dejado en el lavabo, se tapó después con la toalla, y sin salir de la alfombra del baño comenzó a secarse. No tuvo en cuenta las tres hojas grapadas que su marido había posado sobre la taza del retrete. Con cierta incomodidad por su presencia, su cercanía y el poco espacio que dejaba en el baño, Álex no se movió de su lugar, le miró y espero que él dijera todo lo que tenía que decir. Manolo, en cambio, no había planeado una manera de contarlo, ni siquiera una frase porque no quería que con el tiempo esas palabras se quedaran grabadas en su memoria como un trauma imborrable. No tenía nada, solo las tres hojas grapadas. 

-¿Hablamos en cuanto me vista?

-Me parece bien.

-¿Puedo…?

Manolo entendió que su espacio era excesivo y salió hacia la habitación. Se sentó a los pies de la cama con los pies colgados por la altura del colchón, y de vez en cuando, de reojo, se enredaba en las curvas de la piel del cuerpo de su mujer desnudo que aparecía y desaparecía por el hueco de la puerta entreabierta. A veces era hermoso. A veces deseable, tanto, que tenía el impulso animal de masturbarse allí mismo con furia y prisa sin que ella lo supiera. Otras, por alguna razón que nunca quiso razonar ni saber, deseaba que ella nunca hubiera estado allí a su lado. Deshacer cada uno de los segundos de su vida y que su realidad no existiera. Sentía que cada milímetro de aquella piel ajena era un peso excesivo en su cabeza, y del que ahora, por mucho que quisiera solo la muerte le liberaría de él.

-Manolo…

Álex estaba seria y sostenía la segunda hoja grapada con su mano izquierda. Sólo vestía la ropa interior inferior. Los pechos pequeños, levemente desviados, claros y suaves estaban a un lado del documento. Él levantó la mirada, giró el cuello y buscó los ojos de su mujer. Sabía que no lloraría. Miraba seria, casi con reproche, como si la enfermedad fuera culpa suya, algo que a lo largo de todos aquellos años había hecho mal. Manolo pensó en qué, y supo que la lista de cosas era incalculable. 

-Perdón. -Solo supo decir.

Álex volvió a llevar los ojos al papel, después lo dejó caer sobre la cama, se acercó hasta él y accedió a que sus rodillas se doblaran. A su altura, a apenas un palmo de sus rostro ella no dijo nada más. Con mucha suavidad le besó los labios y le acarició la cabeza. El beso se expandió, se derramó, se extendió, se eternizó, y en la lentitud de aquel extraño alivio hicieron el amor. 

.

La realidad era que al final de su camino Manolo veía un precipicio. También el cielo y el mar. Pero en ese punto estaba el vacío. Tras él, el pasado era un cristal irrompible que día a día avanzaba empujándole sin remedio hacia el fin. Hacía tiempo que no luchaba, únicamente avanzaba sumiso al ritmo de los días. Alexia, mientras él pensaba, tocaba el piano. La niña se había atascado en la página siete de una melodía sencilla de Chopin, pero él no le corregía y seguía escuchando el error y el tropiezo. La ausencia era una gran defensa, pensó. Imaginarse en aquel sendero recto que ya no era interminable incluso le apaciguaba. La realidad, pensó, era que su interior estaba yendo a un ritmo diferente, y que dentro nada se parecía a lo de fuera, y ahora que su mujer lo sabía, no lo asumía pero lo debería, él veía que la propagación de lo que sucedía dentro de su cuerpo sería imparable. 

-Esta tecla, pausa, estas dos, levanta así y vuelves al inicio -Interrumpió.

-Me duele. 

-Eso es bueno -dijo Manolo.

-¿El dolor?

-Sí. El dolor te enseña el buen camino. Solo cuando no duele sientes miedo.

-No entiendo. -Dijo Alexia. 

-Inténtalo de nuevo, por favor…

Alexia quedó inmóvil durante varios segundos. La mano izquierda seguía sobre las teclas del piano, la derecha en el aire. Ella abría y cerraba los dedos lentamente tratando de recuperar la sensibilidad. Después, cuando detuvo el gesto, llevó esa mano hasta la cara de su profesor y la acarició. 

-Yo solo quiero que todo deje de doler. -dijo Alexia. 

El interior de un espacio

Incómodos

-¿Cómo lo haces?

-No hago nada. 

-Sí, sonríes, me miras, me inmovilizas y te vas. 

-¿Te dejo congelado y abandonado?

-Como nadie lo ha hecho ni lo hace.

-¿Y qué quieres que no haga?

-No te entiendo. 

-¿Qué te inmovilice o que no me vaya?

-¿Te apetece un café?

-¿De la máquina?

-Sí. 

-Sí.

David buscó en un cajón bajo su ordenador portátil, cogió dos cucharillas, un sobre blanco y uno negro. El ir y venir de compañeros de trabajo pareció detenerse durante escasos segundos, o continuar pero no invadir su espacio. El sol ya rompía los cristales y evidenciaba el polvo sobre las mesas de madera. Él apretó el botón de la pequeña cafetera, miró de reojo el gesto de Álex, y vio cómo el líquido oscuro golpeaba en el vaso de cristal. 

-Media de azúcar moreno, ¿verdad?

-Media. 

-¿Leche?

-Leche.

Álex movió los folios que tenía entre las manos sin prestarles atención, respiró una vez más su embriagador aroma que, sin poder evitarlo, ya se le había anudado a la ropa. Intentó una vez más de un modo fugaz y vago adivinar la marca, el agua de colonia, el perfume que inundaba su cuello y sus muñecas, y que a diario, al subirse en el coche de vuelta a casa, le acompañaba. Reordenó de nuevo las hojas ya ordenadas y las dejó en un lado de la mesa. Aceptó el café, el azúcar y la cucharilla. 

-¿Me siento?
-Por favor. 

Frente a frente. Dejaron un escaso metro entre los dos. Él colocó su ordenador abierto junto a su vaso hirviendo. Ella dividió las hojas en dos montones. Los dos se miraron. Él sonrió, ella no, y ninguno de los dos quiso ser el primero en la siguiente palabra. El ajetreo en la oficina volvió a ser parte de su escena, y por el horario, todo se aceleraba. Álex se concentró un segundo en sus facciones huesudas, su piel limpia, cuidada, afeitada, sus cejas perfiladas, los ojos claros y amplios, y los labios delgados y alegres. Sus dedos eran largos, el izquierdo estaba anillado, apenas había vello invadiendo su mano, y la camisa blanca estaba perfectamente atada a la muñeca.

-Las personas siempre parecemos perfectas cuando aún somos solo un escaparate. -dijo Álex.

-¿Cómo?

-Antes de entrar en la piel, desde la distancia, parecemos un círculo perfecto. Al acercarnos aparecen, poco a poco, todos los defectos.

-Álex, no te entiendo.

-Somos apariencia. Idealizamos imágenes. Quizá nuestra propia foto siempre intenta ofrecer un producto bello, sin imperfecciones, apetecible, deseable incluso, aunque no lo seamos.

-Álex…

-No lo soy, David. -Titubeó- ¿Qué quieres?

-Que nos quedemos en silencio, que en él lo digamos todo, y que trabajemos. 

Álex vio los ojos de David inclinarse hacia ella por encima de la pantalla del ordenador. Se agarró con fuerza a su vaso de cristal lleno de café y metió sus piernas bajo la silla. Por primera vez, en muchos años, lo desconocido le hizo sentir mucho miedo y emoción. 

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Después de un anuncio de compresas en el que una mujer joven delgada, feliz, de cabello corto y piel albina, y que con una vestido primaveral bailaba bajo un paraguas rojo, en la televisión, apareció la foto del brazo inerte junto a un pequeño cono amarillo con el número uno. El presentador enunció con cuidado y detalle la nota de prensa que la Guardia Civil le había facilitado mientras expertos en la materia esperaban impacientes y en silencio en una mesa semicircular. Manolo bajó el volumen hasta que apenas fue imperceptible. Estaba solo en casa, y sin embargo, sin saber bien porqué, mientras apuraba la taza fría entre sus manos, tuvo la percepción que estaba en un supermercado ante un ejército de televisores, y que tras él, decenas de personas le acompañaban en la noticia. En el estómago, cerca de donde habitaba y crecía su muerte, sintió nauseas. En la cabeza, acumulaba palabras yendo y viniendo a gran velocidad sin un orden ni coherencia. La imagen, aún en la parte superior derecha de la pantalla, era idéntica a la que él había tenido varias semanas escondida en la parte de atrás de su coche. El nombre de la mujer, que se leía en los rótulos inferiores de la pantalla, encajaba con las iniciales del anillo que conservaba en una servilleta de papel en el último cajón de su mesilla. Todo, de pronto, como el puzzle al que le faltaba la pieza principal, evidenciaba el dibujo, y la historia que tanto había deseado conocer, de pronto estaba ante sí casi al completo, pero no la deseaba saber. Se vio a él abriendo el maletero una y otra vez, caminando con sigilo por la playa vacía, agachándose y depositando con cuidado el brazo en la arena junto a la roca, y sin mirar atrás, desapareciendo. ¿Por qué? Dejó la taza vacía en la mesa del salón, se ató los cordones de sus botas, cogió una chaqueta y apagó la tele. Miró el teléfono. Nada. Escribió un mensaje a su mujer y se fue de casa. No llegaba tarde, pero quiso sentir que lo hacía.

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-Necesito ducharme. 

-¿Vino?

-Por favor.

Álex cerró la puerta de casa, dejó caer el bolso en el sofá del salón, besó en la mejilla a su marido y se dirigió al baño. Se deshizo de toda la ropa con avidez al llegar a la habitación. Le quemaba en la piel. La abandonó en el suelo, arrugada junto a la puerta, y desnuda y sin esperar que el agua hirviera se introdujo en la ducha. La presión del grifo sobre su cabello escondiéndole de cualquier ruido exterior le apaciguó. Estuvo segundos dejando que el agua le envolviera. Aún así, las conversaciones del día seguían inquietas en su cabeza, vivas, esperando de alguna manera que su cerebro les diera un hueco tranquilo que les invitara a dormir, y con el tiempo, tal vez a desaparecer, y con él el olvido. Hacía muchos años que Álex no había sentido tanta incomodidad. El jabón cubrió la piel, y mientras frotaba con la esponja, se recordó muy joven en la oscuridad de una habitación extraña y bajo el cuerpo de un desconocido. Estaban envueltos en sábanas descolocadas y engarzados en una batalla sexual incorrecta y torpe. Enjabonó con más fuerza, pero el recuerdo cobró fuerza. Ella ni siquiera había cumplido treinta, desnuda, con calcetines blancos, y experimentando, aterrada, emocionada, inepta y arrepentida. Cuando sintió que el alcohol descendía y se vio atrapada por los brazos de aquel chico a punto de eyacular en un preservativo mal puesto, supo que no lo deseaba, pero nunca supo ni pudo huir. Aquella imagen le hizo sentirse más sucia. Echó  de nuevo jabón y frotó más su piel. Necesitaba estar limpia; aparentemente limpia. 

-¿Álex?

La voz de Manolo le hizo temblar. La esponja se le escapó de las manos y cayó entre sus pies. Con la palma de la mano limpió el vaho y las gotas del cristal. Su marido sostenía una copa de vino tinto y un documento. 

-Sí, carino…-Dijo ella.

-¿Recuerdas que tú y yo teníamos que hablar?

-Recuerdo. 

-Es el momento. 

Manolo dejó la copa en el lavabo y descolgó una toalla, Álex cerró el grifo, y él colocó tres hojas grapadas sobre la taza del retrete. 

El interior de un espacio

Silencio

Manolo calló mucho durante el año 2005. Apenas había comenzado la primavera, no había almendros en flor, llovía a diario, y el mar desde la ventana tenía un movimiento enojado. Todo aconteció a finales del anterior año,  cuando perdieron a su segundo hijo; hija decía ella. No lo sabían. De pronto, aquel vacío cedió un eco voluminoso e incontrolable en todos los rincones de su casa. El agua de los grifos, las puertas y los cajones al abrirse y cerrarse, las pisadas en zapatillas de casa, la tos tras un cigarrillo en la ventana, el hervor del café o la cucharilla al caer dentro de una taza. Cómo continuaron sus vidas después frenó en gran medida su ruido exterior. Ni siquiera lo rompía Xavier, que inmerso en segundo de primaria era inevitablemente una tormenta. Presentes, supieron ausentarse. Manolo levantó una máscara invisible y gruesa, se envolvió de pies a cabeza, y dentro eligió permanecer inmóvil. Álex, que pese al tiempo que llevaban juntos no sentía conocer del todo a su marido, aceptó el sigilo extraño del que nunca pudo evitar sentirse culpable. Él aún recordaba el año especialmente sigiloso, ella aún no dejaba de escuchar voces que no reconocía como suyas. 

El inicio o el fin tuvo lugar en febrero. Sentado en el suelo de su habitación, Manolo miraba el gesto vacío de su mujer, delgada, con ojeras, sin apenas una línea que permitiera ver sus pupilas,  enrojecidas y secas, con los labios prietos, y a su alrededor, un fuerte olor a vinagre devorándole las fosas nasales. Ella se colocó a su lado y le cogió la mano, y sin embargo, ninguna de las dos manos quería estar ahí. Permanecieron intactas con los dedos entre los dedos, con el músculo relajado, la piel fría y áspera, ambas impacientes porque alguna de las dos hiciera un pequeño gesto que les permitiera huir. 

-¿Y ahora? -Preguntó Álex.

-Nada -respondió Manolo.

-Una vez me dijeron que la nada es el principio de todo. 

Manolo solo giró la mirada. El cuello y el torso continuaron rectos frente a la cama deshecha. A veces, la vida te proponía con suma claridad no hablar, y los dos aceptaron ese comienzo con rumbos opuestos. No añadieron una palabra que les pudiera aliviar el dolor. Tampoco algo que les brindara esperanza, calma o un poco de cariño. Él había preparado café, se lo había bebido sin leche y había vuelto a preparar más café. Ella había vaciado una botella de whisky la noche anterior y seguía allí junto a la nevera. Los dos querían murmurar, gritar, aullar, sin embargo, no hubo un sonido que aliviara toda la incomodidad. El viaje no les alejó, pero tardaron en reencontrase. La muerte fue un silencio que, aunque quisiera romperse constantemente, nunca sabía cómo. Solo con el tiempo, poco a poco desapareció.

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El despertador no había sonado. Era domingo y Manolo tenía los pies desnudos frente a la taza del váter, sobre una alfombrilla amarilla de pelo delgado y corto. Cada vez tenía más canas en los testículos, el pene más largo, más flácido, oscuro, y la doblez de la tripa le hacía una pequeña estría sobre el pubis. Qué importaba la piel, si lo que primero que estaba muriendo era su interior. El pensamiento sonó en bucle en su cabeza y con el papel higiénico limpió la última gota de orín que le quedaba en el prepucio. Álex dormía. Necesitaba que despertara. Necesitaba contarle todo, necesitaba hablarle de sí mismo, de los secretos, de lo que le estaba comiendo por dentro y ella no podía ver, de la puerta blanca que no dejaba de imaginar cada noche mientras no conseguía dormir, y del miedo que tenía a acercarse, a abrirla, cruzarla y desaparecer. Le aterraba el dolor y dejar de sentirlo para siempre. Y aunque le repitieran una y otra vez que nada estaba estaba escrito y que tendría fuerza, Manolo no podía vivir sabiendo que se moría.

En el baño olía a agua estancada. Abrió el grifo de la ducha, lo llevó al símbolo rojo, y lo dejó correr con fuerza durante largos minutos. El sol mostraba una densa suciedad en los cristales. Su teléfono no tenía mensaje alguno. Pensó en una canción, en la letra, en su juventud, en aquel intento de fumar un cigarrillo en el interior de un bar, en la falta de espacio, en las conversaciones sordas y las risas sin motivo, en las luces de colores, en la fuerza y los excesos, en los vasos de plástico fríos, en el suelo pegajoso y su oscuridad, y en la inmortalidad cogiéndose con fuerza la mano, en los besos, en los giros, en los baños abandonados y sucios y en la poca importancia de aquello, en la ausencia pese a la multitud, y en las drogas rellenando su vida y convirtiendo sus recuerdos en nubes difusas de falsa felicidad. 

Cuando el agua de la ducha sobre el suelo comenzó a cubrir toda la vidriera de vaho, Álex empujó la puerta, se bajó el pantalón del pijama, se agachó e hizo pis. 

-Buenos días… -Dijo.

-Buenos… -Respondió Manolo-, ¿Quieres desayunar?

-Lo necesito.

-¿Has dormido bien?

-No.

-Debemos hablar. 

-¿De…? -Tiró de la cadena. 

-De mí. 

-¿Solo?

-Sí.

Ella se subió los pantalones, se acercó hasta el cuerpo menudo de Manolo y le besó en la mejilla. Él, desnudo, dejó que el agua caliente mojara su cuerpo vivo. Ella desapareció y volvió a meterse en la cama. Era domingo y enero. Afuera el mar volvía a estar enojado.

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La tostada saltó, el perro bajo la mesa de la cocina continuó inmóvil, el café olía como solía, el sol se colocó en su posición habitual a las doce del mediodía y dio calor al interior de la casa. En la lejanía, el mar evidenciaba su inquietud. En pijama, los dos sostenían una conversación distinta en sus cabezas. Aquella mañana nadie dijo nada. Nadie se atrevió a nada. A veces todos los sonidos parecían callarse. Ambos eligieron ser sigilosos a su mejor manera. Las palabras se pensaron, y dentro fueron los sonidos más hermosos que ellos pudieron imaginar. Cada pensamiento, aun repitiéndose, tenía una tonalidad diferente. Manolo no lo denominaba locura, simplemente lo creía una preparación para su conversación original. Si bien, no supo ponerle voz a su muerte, tampoco a la verdad, ni a la evidencia, ni a la distancia. Pensó que nunca supo hacerlo porque nadie le había enseñado. En silencio, aceptaron que las palabras, aun estando ahí, sonarían después.