Mi oscuridad

En la oscuridad llueve. Gotas duras, molestas, que no se detienen, que mojan el cristal, que erizan la piel, que aún a resguardo, se acercan al cristal. No hay nadie afuera. No se ve nada, tampoco es necesario. El ruido de un coche, de dos, tres, y nada más. Tumbo la cabeza sobre una fría almohada, y en ella, todo mi alivio. No duermo porque pienso, y lo hago intranquilo sin el deseo de tener en mi conciencia más que un solo pensamiento, y lo acaricio y lo araño, y está vacío. Llueve en lo alto de esta huesuda montaña. Quiero respirar y dormir, pero no lo hago, y solo, con y sin acento, continúo esperando.

-¿Cuántas magdalenas puedo comerme, mamá?

-Las que te quepan.

-¿En la tripa?

-Sin que te duela.

Hay cacharros sucios en el lavado. El café seco en el fondo de una taza siempre son recuerdos, y a veces mi futuro. Galletas mojadas, que al llevarlas a su boca se rompen y manchan el mantel. Y gritos, y miradas enojadas, y la tristeza en los zapatos con las suelas repletas de tierra. Vuelvo, y la escena es la copia más hermosa de mi soledad. Y me pregunto cuánto aguantará la sangre en orden dentro de mi piel. Tumbo la mejilla sobre la mesa de madera, me escucho llorar, cierro los ojos, veo pelos sueltos junto a un vaso, me veo, me caigo y nadie hay para un necesario rescate. Es hora de dormir, me digo.

-Cuatro.

-Los días que fuimos felices.

-Las horas que te amé.

-Los años que estuve a tu lado.

-Una bella hora para hacer el amor.

No lo hago. No lo logro. Hay alambres en mis párpados. Siento nudos en el cuello y cuchillos afilando mi manera de pensar. Y toco la puerta, fría, áspera, y oigo un ladrido, lo confundo con tu voz, que en una sola palabra decía todo lo necesario. Y afuera amanece, las nubes caen sobre la hierba, entre los árboles, y siento de nuevo pánico, y no soy víctima, no me juzgo, es lo que sucede fuera y dentro de mí. Al fin, bajo una canción, oigo campanas y sube el café.

-Me he hecho sangre.

-¿Dónde?

-En la piel.

-Enséñame.

-Aquí.

-El tobillo.

-¿Se curará?

-Todo con tiempo, suele hacerlo.

En la oscuridad me siento intranquilo, camino intranquilo, me tumbo intranquilo, y en una mesa de madera cuadrada, mordida, pintada, con migas de pan, donde hormigas arrastran granos azúcar, poso el café. Las nubes se han apoderado del cielo, escondido las montañas, puesto su peso sobre la carretera, y los pájaros poco a poco cantan. En mi oscuridad no me escucho, tampoco me oigo, y al buscar la taza, me sorprende que sus dedos me sostienen. Huele a incienso, a piel de naranja, a aceite en la piel, a crema, y su aliento, a un centímetro de mi oreja, suave y pausado, me tranquiliza. No me besa, tampoco me toca, únicamente me sujeta.

Ella se ha ido y nunca sé si se fue porque coge mi cuerpo cuando no estoy, en ese momento que dejo de ser yo y no encuentro el camino de vuelta a casa. Ella tiene la llave de una puerta que no sé dónde está, en ropa interior, ciego, me guía. La abre despacio, sin un mínimo ruido, y los gritos de mi cabeza callan. Su mano es delgada, grande, fuerte y firme. Me silba al oído, susurra, me besa y se esfuma. El café sobre la mesa aún echa humo. Llueve, y despierto, yo parezco un sueño.

Odio la oscuridad porque no veo, porque tropiezo, porque no te encuentro, porque carece todo de color. Odio mi oscuridad porque sin ver no oigo, porque el miedo no halla valor, porque sueño, no duermo, y todo lo que pienso se parece mucho al dolor, porque te quiero y no quiero, porque no entiendo dónde empiezas tú y dónde termino yo.

Otros

Son pequeños e insignificantes, caminan de un lado a otro sin destino ni origen. Y si lo hubiera, tampoco tendría importancia. Les mira desde una menuda ventana circular, les señala, les describe y les dibuja, y después, con la misma lentitud que incordiaron su mente, desaparecen. La vida propia es importante porque hace insulsa la ajena. Ella esconde su mano derecha bajo su pijama, bajo sus bragas, y no se acaricia, tampoco se hurga, sólo siente comodidad con el calor de sus dedos junto al pubis. Luego envidia, después siente ira, finalmente calma y paz. Los otros son todos aquellos que no se parecen en nada a nada, ni a nadie, tampoco a su ser, y aunque ella siempre lo niega, todos son idénticos a ella.

Es alta, delgada, con el cabello corto, erizado, pesado, y los ojos cansados. Bebé café solo, fuma en un balcón cuadrado junto a una bombona de butano vacía, desconectada, caducada y evidentemente inservible. Tras ella, ya no queda nada, únicamente una ventana, cortinas azules con peces azules y olas del mar azules. La falsa apariencia. A su alrededor, el ruido es permanente. No es música, es un sonido molesto, constante y doloroso. Lo intenta, pero no sabe cómo hacerlo morir.

-¿Me vas a besar hoy?

-En la boca.

-No hay otro lugar mejor en el que esconder el amor.

-No lo es.

-¿Me estás hablando de despedidas o mostramos diferentes puntos de vista?

-No te estoy hablando, sólo voy a besarte.

-Hazlo.

-¿Y después?

-Fumarás un cigarrillo y te irás.

Ella quiere ser un ser diferente. Quiere que el espejo le diga palabras, y que esas palabras no se parezcan en nada a lo que piensa. Desea que la noche apague todas las luces, y que al despertar sus ojos observen, y que todo lo que ven no le recuerden el día anterior. Ella habla de otros, piensa en otros, juzga a otros, mira a otros, acumula casi todo el espacio en su cabeza para otros, y los otros, como buitres, sin apreciarlo, le comen famélicos pese a estar con vida. Trato de sujetar sus dedos con suavidad y arrastrarla al exterior, lejos del caos, sin embargo, no viene.

-¿A qué tienes miedo? -Pregunto.

-A la leche hirviendo derramándose por la cazuela. -Responde.

-¿Por el olor?

-Y el descontrol.

-Aún pienso en el sexo contigo.

-¿Cuándo?

-No dejo de hacerlo.

El timbre es molesto, sonoro, horrible. Insiste, pero no abre la puerta. Ve un pene mojado en la ducha y recuerda el primer día que lo deseo con ansia, que lo quería entre sus labios sin más pensamiento que el instinto. Le ve lleno de espuma y agua caliente, envejecido, distinto, flácido y lejano. Y cuando le observa, se pinta los labios y no siente interés alguno, porque sabe que es como los otros. El timbre vuelve a golpear, hiere, y pese a que alguien espera al otro lado, no es nadie, y ese alguien es otro, y los otros no han de ocupar su espacio. La puerta permanece cerrada y el timbre es molesto.

Me acerco despacio a la desnudez de sus pies, pero no los toco. Ante mí hay una pared de cristal, gruesa e invisible. Me he convertido también en un ser pequeño e insignificante. Ella duerme con la respiración rozando su garganta, acariciando su nariz. Ella vive en un globo repleto de aire, anudado, desbocado, inquieto y asustado. Y se siente segura. Sube un peldaño, asoma la nariz por la menuda ventana circular y señala con desdén al ser humano. Desconocidos que mueven sus zapatos a izquierda y derecha. Y mientras huelo su piel, me descubro en un dibujo a lapicero y papel.

.

Limpia el suelo como limpia el cuchillo más grande de la cocina, con intención. Echa tres cucharadas de azúcar al café solo, cigarrillos gruesos y cortos, ojos ojerosos, el pelo negro y espigado, el piano de su canción imitando el silencio, y las piedras duras e incoloras protegiéndole de los otros. Toco el timbre. Soy yo, soy yo. Ábreme. Hundo el dedo del botón en el timbre y no lo levanto, y levanto la voz. Soy yo, soy yo. Golpeo el timbre con ira y desesperación y no responde. ¿Quién soy, quién soy? Ella limpia el suelo como limpia su corazón, y aunque lo mira en el espejo una y otra vez, pestañea, le acaricia, y no le reconoce.

-¿Dónde estoy?

-En la cama.

-¿La tuya?

-La nuestra.

-¿Duermo?

-Hace mucho que no lo haces.

-¿Y los otros?

-¿Quiénes?

-Los otros…

-Nunca se irán.

Una cinta negra cubre toda la ventana menuda circular. Los lapiceros están rotos en una caja de zapatillas de una marca japonesa de color azul. El papel gastado. La verdad intacta. Yo a su lado. La silla repleta de toallas limpias sin planchar. Una línea de luz entra desde el exterior, ella se acerca para mirar, y los otros son sombras fugaces que quizá sean meros fantasmas apresurados por desaparecer. Ella fuma un cigarrillo, recorta dibujos antiguos y los ordena en una carpeta. Ella es ella, como los otros, pero siempre lo niega.

Yo

Yo dejé de ser yo el día que yo no era solo yo. Yo dejé de ser yo cuando todo lo que yo comenzaba a hacer no era solo yo. Deje de ser yo el día que mi respiración rompía a alguien el aire de alrededor. Deje de ser yo el día que tú besaste mis labios, el día que olí tus labios, la noche que mojé tus labios, la mañana que desperté a ti abrazado, y el café en una taza no era bastante para dos. Deje de ser yo para ser, en una parte, tú. Dejé de ser uno para ser dos. Dejé de ser minúsculo para ser mayúsculo. Dejé mi piel en un rincón para llenar de ti mi desconocido corazón.

-¿Has venido a buscarme? -Preguntas.

-¿No lo ves?

-No lo veo.

-¿Y cómo tienes los ojos?

-Muy cansados.

-¿Te duelen?

-Igual que la cabeza.

-¿Qué necesitas?

-A ti.

-¿Y cuándo no me has tenido?

-Hace mucho tiempo.

Yo pierdo fuerza, pierdo pelo, pierdo sueño, pierdo sonrisas, y pierdo tiempo. Sin embargo, en un pequeño trastero, dentro de mí, guardo lo que he ganado.

Yo tengo miedo a las palabras que gritan desorientadas en mi cabeza. A veces abro una carpeta repleta de dibujos y reconozco que mis horas ya han sido suficiente. No duermo mucho, y sin embargo, aún sueño y soy escritor. Alcohólico y drogadicto. Adicto a ti, a tu piel, a la repetición incansable del amor, a los besos empapados de sudor, a la lluvia feroz en la ventana y a dormir sin pensar que al otro lado de una pared crecen los años como lo hace el rencor cuando uno no pide perdón. Yo deseo ser escritor, porque cuando escribo soy yo, honesto, desnudo, indefenso, valiente, y al mismo tiempo un ser débil, frágil, y quizá, roto. Siento pavor con mi silencio.

-Hemos de dejar de pedir.

-Y de perder.

-Y de llorar.

-Hemos de dejar de ser.

-Y secuestrar el egoísmo.

-Y volver a bailar.

-Y a reír sin temor a que la risa acabe.

-Y olvidarnos de amar.

-¿Por qué?

-Porque el amor no se piensa.

Confeso, siempre morí. Dejé de ser yo el día que me fui de mí. Dejé de ser yo el día que, como tú, no supe regresar. El día que yo miré al espejo, y nada encontré de ti. A veces pienso que el amor nunca se arregla, porque tal vez es de un solo uso. Y con el pensamiento entre los dedos, como si de un recién nacido indefenso se tratara, aterrado, me cuelgo del alféizar de la ventana. Seis segundos es una vida.

Me hundo lentamente en el agua fría de la bañera, la espuma seca se pega a las paredes blancas, mi pelo, mis burbujas, la música, mi gesto mudo, y el pensamiento suicida inquieto que grita auxilio y no sé cómo guardar tanto terror.

El día que tú dejaste de ser tú yo no supe dónde estaba yo. Los dos dejamos de ser dos, la tarde que, en la sala de un hospital nadie nos explicó las consecuencias de tanta pasión. Y después, nadie sostenía un libro, y colgados de una cuerda sin apenas tensión, manteniendo el equilibrio y la respiración, caminamos sin caer, exhaustos, desorientados. Y en la puerta golpes constantes. Y no era miedo lo que teníamos, era desconocimiento. Jamás identificamos al hombre menudo, que, siempre con una enorme sonrisa, nos tendía maneras distintas de ver el amor.

-¿Y tú que quieres?

-Te quiero.

-¿Qué quieres de mí?

-A ti.

-Sexo.

-Sí. ¿Algo de malo?

-No.

-¿Y yo qué quiero de ti?

-¿Honestamente?

-Por favor.

-No lo sé.

Yo tomó café, oigo cómo pían pájaros en la ventana, veo montañas vacías, escucho persianas levantarse, veo mi ombligo doblado, mis pies descalzos, mis uñas cortas, mis ojos repletos de legañas, mi pelo enmarañado, tu letra delgada en un pequeño papel de color diciéndome lo que necesita mi alma, y yo, solo yo, hablando solo de mí para tratar de entender qué pasa en mi corazón. Y solo encuentro un enorme caos dentro de mi piel. Y tengo un miedo atroz a sentir que en ti poco queda de mí. Y yo quizá no he dejado de ser yo, sin embargo, no sé comportarme como fui.

La mujer que cortaba queso

Philomena-Famulok
Ella había clavado un largo cuchillo en mi estómago y la sangre comenzaba a encharcar mis zapatillas de casa. No dolía, quemaba. No lo había hecho ella, sino su rabia, la insoportable necesidad, el miedo, la ira que le provocaba mi silencio, y el alcohol en una copa de cristal. Ella, antes, había partido una rodaja de queso sobre una tabla de madera gastada, la había mordido, dicho tres palabras sin contenido crucial, y ante mi pestañeo lento y desagradable, actuó. Ella había agujereado mi piel, diría abierto, y yo trataba de hundir los dedos de una mano en la herida, taponarla, cerrarla, curarla, pero la sangre abundante y caliente escapaba nerviosa y lo estaba volviendo todo farragoso y sucio. No quería ser un muerto inútil, sin embargo, mi otra mano aún sostenía, inexplicablemente, una magdalena mojada y mordida.

Quería hacer el amor con ella a diario. Añadiría precisión; cada hora. El intervalo no podía ser inferior por deberes, alimentación y propiedades físicas. Sin embargo, ya no solía comportarme como un ser humano agradable. Recordaba haberlo parecido. Y al pensar, además, asumía que la edad estaba llevándome a conductas indolentes. Adoraba no tirar las colillas, olvidaba el pis de la mañana en el retrete, preparaba café y  no servía aún su cantidad de azúcar adecuada, me escondía en un egoísmo mudo y distante, y cuando ella decidía coger mi mano, yo no la miraba a los ojos y solo pensaba cómo podríamos empezar a desnudarnos.

No iba a morir, decía. Pero lo hacía. No iba a desangrarme, chillaba, pero lo hacía. Todo iba a solucionarse, tartamudeaba, pero la fregona que escondíamos detrás de la puerta de la cocina ya estaba vieja y seca. No iba a suceder nada, imploraba, pero nada de lo que allí sucedía se parecía a la nada. No lograba decir una frase completa sin maldecir toda una culpa. Después, vi pelos en la sangre que ya cubría el suelo, migas y la alfombra manchada, miedo y lágrimas, y no vi la calma, que aun deseándola, no llegaba.

Ella siempre cortaba queso con sus largos dedos estirados. Sujetaba el mango amarillo de un cuchillo largo barato, el mismo. Lo hacía recto, en inevitable forma de triángulo, y cada uno de los trozos los iba colocando en círculo en un plato de cristal que nadie recordaba haber comprado.  Entonces yo abría el vino, colocaba una copa a cada lado, y con esmero medía que nada manchara el mantel. Ella quería besarme, yo quería beber.

Bajé la mirada, vi la oscuridad salpicándome a escasos centímetros, y sin preámbulos perdí el sentido, la emoción y mi conciencia. Y sin embargo, no la última imagen. Ella no había soltado el queso, sí el cuchillo, había gotas minúsculas de sangre en su ropa interior, setas y superhéroes, y también en sus rodillas, y con aquella hermosa fotografía traté de asumir que ya nunca volvería a haber sexo entre los dos.

Fotografía: Philomena Famulok

El deseo

EikohHosoe

En mi cabeza das pasos, descalza, sin rumbo, en círculos que cada vez se hacen más pequeños. Quiero que mi almohada sean tus pies. Quiero tus pies entre mis labios. En mi cabeza desapareces, apareces, hay un televisor apagado, una taza sucia con azúcar mojada, restos de té, y un cigarrillo ajeno. Todo eres tú e imágenes de grises recuerdos. Y yo, pegado a la pared, niño y tímido, y protegido, difuso, como un dibujo a lapicero, abstracto, que trata de retratarme.

En mi cabeza todo sucede, no hay color. Solo, vuelvo a golpear y a sostener la espera impaciente ante tu puerta. La rompo, añicos y serrín, y al final del pasillo no sé imaginar un milímetro de ti. En mi cabeza, todo.

-¿Me conoces?

-Ni cómo cruje tu voz.

-Sin c, ruge…

-Te necesito, pero tu piel, tan dura, y mis uñas tan cortas me impiden llegar a ti.

-Me deseas…

-¿Y tú?

-Soy una naranja pequeña y fuerte.

-Incomible.

-Indomable.

Te acunas lenta y desconocida en un pensamiento que tengo con un trozo duro de pan entre mis manos. Muerdo, caen migas, camino y las arrastro. El mundo se adormece mudo. Huelo tus besos, y en su sabor, necesito hacer el amor a tu lado muy despacio. Arde el semen en mi estómago. Sin embargo, me congelo deprisa, despierto, y me reconozco. Huelo mi piel, huelo su soledad, el abandono, y cómo la tristeza ha ido acomodándose en un solitario lado de la cama. Huyo. Lo hago porque deseo ser poseído, deseo ser tu pensamiento, un deseo que deseo, o deseo ser el deseo. El golpeo de una tiza hace demasiado ruido.

Despierto con el corazón bajo el ombligo, inerte, o repleto de cuchillos. Limpio la sangre porque es esencial que la felicidad no aglomere polvo. Después, salto desde un alféizar y escribo fin en otro sueño. La muerte se parece al silencio, y ambos me apaciguan.

Me obsesionas. Mis labios en los tuyos, y siento confuso tu aliento en el mío.

Te deseo y tengo miedo.

Veo pelos entre tus dedos. Míos. Tus pechos pequeños, vacíos, mirándome como dos desconocidos que durante un segundo cruzan la mirada en un estrecho puente de Soria. Después, nuestros dos coches aparcados, el motor encendido, los sentidos contrarios, y la carretera poniendo soledad y distancia. En mi cabeza ya no hay espacio, y aún así, te guardo. Mi edad se decolora, el peso, y tú, en una minúscula sombra, cegando mi realidad.

-¿Quién hay al otro lado?

-Nadie. ¿Por?

-No de la vida, sino del impulso.

-¿No de la muerte?

-¿Quién entorpece la verdad?

-Lo correcto.

-¿Quién es incorrecto?

-Los malos.

En mi cabeza todo existe. Y tú eres imposible, inaccesible e intocable. Mis manos golpean un círculo de aire, intento romperlo y respirarte, pero el círculo vuelve a empequeñecer y desapareces. Las espirales y la ira me parecen laberintos inacabados. Me hallo perdido, y el yugo eres tú.

Imagino que mi brazo es un anzuelo, y todos los peces de colores ya han muerto bajo las rocas secas.

A diario, te encuentro.

Tu puerta es una madera rota. El pomo gira y gira, pero cada vez que completo el intento, el marco sostiene la cerradura. Voy a correr hasta que el corazón se derrame como un vaso de zumo por el asfalto. Mátame. Apacíguame.

Te miro. Te miro y huyes. Te escondes. Te escondo y te veo.

En el infierno, los pensamientos arden en silencio. Humo y ceniza, y en mi cabeza, tu cuerpo crepita. En tu cabeza, mi cuerpo invisible.

-¿Y…?

-Y.

Fotografía: Eikoh Hosoe.

 

Pensarte

 

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Has muerto de un golpe súbito. Vistes las mismas bragas amarillas que siempre eliges cuando decides, y dices, cariño, vamos a hacer el amor. Un leve descosido a la altura del pubis, y un elefante rosa sonriente junto al clítoris. Las uñas recortadas, limadas, transparentes, las de los pies, y el perfume confuso, en círculos y bajo tu cuello. Semidesnuda, desangrándote, la mancha en la alfombra cece con una lentitud agobiante. Hay un producto bajo el fregadero y trapos sucios. Anita O’Day, Angel eyes, y un libro con el lomo descosido de Carmen Laforet entre tus dedos. Es irrazonable que, dos segundos después de haber desparecido de mi vida, amor, te eche tanto de menos.

La soledad es ruidosa. Me miras y no te veo. Te miro y te has marchado. Los espacios cortos entre los dos necesitan de nuestros zapatos más caros. Una cuchara de azúcar, gotas de miel en un mantel amarillo y restos de vino en los platos de la última cena. Siempre hablábamos de objetos y sueños, y aún juntos, tocándonos bajo las sábanas, no nos acariciábamos, no nos amábamos. El onanismo era quererte de un modo muy ruin, y sin embargo, te necesitaba.

Recuerdo las noches, recuerdo tu sexo en mis labios, recuerdo el sabor de tus pechos en mis labios, los besos apasionados, que gimieras y todo ardiera, recuerdo el adiós, dormir trazando lados convexos en una misma cama, y los despertadores recordándonos que en los últimos años solo hemos deambulado. Tú y yo éramos dos ancianos esclavos de una mano. La soledad, un beso que solo uno de los dos lo había pensado.

No me aterra ser juzgado. Tampoco descalzarme, equilibrar sobre nuestro alféizar y dejar que la culpa y el recuerdo caiga sobre un desconocido. Las ideas repletas de sangre y los curiosos aterrados. Todo se anota, tanto se dice, poco se hace. Sonrío, oigo la campana de un tren turista, el centrifugado y la nevera enfriando dos cervezas. Te pienso, y sé que te has ido porque quizá no te he amado, o por tu empeño de ser tú, o quizá por el simple hecho de correr, tropezar y morder con ira mi entrepierna.

Se ha manchado la pata de la mesa del salón, la que tú, una tarde de sábado, decidiste comprar mientras hablabas de la importancia de los colores. Cuando muevo tu peso, cuando enrollo tu peso, cuando decido esconderte y limpiarte, el sonido de los búhos y los grillos me tranquiliza. Te pienso, pero en el pensamiento ya no oigo un mínimo movimiento.

La cocina es una jaula sin pájaro. Despacio, descalzo, él soy yo una vez más, y bebo un café de un martes. Es domingo. Noto que los ojos se me han descolgado, el reloj es un martillo sobre todas mis ideas, y el recuerdo sobre ti me cubre de barro.

Me atormenta tu piel entre perchas y vestidos. Siento un doloroso desasosiego cuando te pienso y recuerdo que perdimos lo qué fuimos por cómo fuimos. Hablábamos de mentiras, de las nuestras inventándolas como ajenas, del ser humano, del desapego y el apego, de los comienzos y los finales, de la falta de valor y nuestra cobardía, y cuando callábamos y dormíamos, nunca había respuestas, solo preguntas.

Te deseo, pero los botones son cuchillos en mi cabeza. La masturbación y tu canción con el semen frío en la bañera. Las lágrimas secándose en los labios y que nada pueda ya oír. Azul, tu piel es un difuso trozo de cielo, y triste, nunca podré retirarte las bragas amarillas, tan muertas, y tan vivas.

Fotografía: Ilina Viktoria.

Lánguido

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Tenía un pie y era un corazón. Cojo. Ojos raros, cerrados, como una persiana que nunca termina de impedir que pase la luz. Me estaba muriendo, y la muerte carecía de forma y dolor. Tampoco la podía ver. Me estaba matando, despacio, como una brisa suave que mueve con dulzura la cortina. Tenía otro pie y era un cerebro triste. Veloz. A un lado, mi cuerpo joven descansaba en un oscuro sillón, en él pasaba páginas de un libro inacabado y dormía con una taza, entre las piernas, a la que apenas restaba un hilo de whisky.

Tenía un coche con cuatro ruedas negras. Lo aparcaba bajo un árbol sin hojas, lánguido, y pese a mi vaga descripción, robusto, recio y elegante. La paradoja era la montaña de excrementos que crecía a sus pies, la precisión de los perros, y la belleza desordenada de las tres flores amarillas buscando una puerta de salida. Frente al reflejo del cristal, junto al volante y el árbol, aparecía yo. Débil, si bien, aún firme.

Mi vida era simple. No sencilla. Simple. Bebía café, comía magdalenas, mortadela y pan blando. Bebía agua y whisky caro. Leía libros delgados, me masturbaba a diario y permitía que el agua fría de la ducha endureciera mi piel. Había odiado la música, igual que el cadáver de mi esposa, roto en mil pedazos la noche que saltó desde la ventana de nuestra habitación. La memoria era un cuchillo oxidado abriéndome en dos desde lo alto del ombligo. Dolía su cuerpo desnudo. Lo amé y lo destruí.

Moría yo con lenta precisión. Lo decían las letras. Un animal hambriento masticaba mi corazón. Imaginaba huesos y carne seca, tierra húmeda y mala hierba. Despertaba bajo la lluvia, y me gustaba oír mis últimas palabras en el aire. Dormido, dejaba que los pensamientos se acunaran cerca de un pequeño fuego.

-¿Qué te mata?

-Las termitas.

Mi piel era humo, como una madera oscura. Mi piel eran tablones rotos sobre raíles curvados. Leones heridos. Mi cuerpo tenía una composición de minúsculos cajones desiguales sin ropa vieja ni recuerdos. Y bajo él, fotografías y sangre desorientada.

Tenía un viaje cada siete días. Conducía deprisa, y evitaba el freno en las curvas hasta que la línea blanca me advertía de los finales inevitables. Aparcaba con una sola maniobra, pedía un café negro en un vaso de cartón, enumeraba personas con zapatos negros y fragancias. Después, él.

Francisco poseía un nombre católico, un rostro judío, y sus palabras retozaban con incomodidad en el ateísmo. Fumaba con prisa y cuantía, le avergonzaba la rudeza y color de sus uñas, la ausencia de dos dientes en uno de los extremos de sus labios, y decía cada una de las frases que yo debía de escuchar con un sonido rotundo y pesado. Me tomaba una mano y me extendía un papel. Los martes eran días tristes.

Tenía una fecha. Dos números, uno de ellos inservible, una palabra, una hora aproximada, un espacio, mi ritmo cardiaco, un sabor agrío, extremo y seco, un aroma neutro, el tacto sujeto a mi erección, y su hermosa canción con su vaga voz sin un solo instrumento repitiéndose en una vieja cinta de casette. Necesitaba coraje y abrir la ventana.

Era martes y la lluvia hacía confuso el final de las nubes. Francisco le dio tamaño a la voz, a la suya, y con ella, la mía calló. Vi mi pie quieto, sin un latido, sin destino. Vi mi otro pie inquieto, esquizofrénico, aplastado por los gritos. Quería describir un punto, dibujar un fin, dejar una hoja en blanco, que la tierra húmeda y la hierba tomara importancia, sin embargo, desconocía la manera exacta de explicar el vacío. No moví el coche, deshinché las ruedas, pedí un café, largo, en un vaso de cristal, y dejé que el sol cayera sobre las grises fachadas.

Tenía una muerte simpática e indolora. Escribía letras minúsculas y eran humo, y al final de cada trazo, goteaba un helado de fresa. Mi pie era un letrero luminoso, un espectáculo, un patio de butacas. Mi corazón colgaba de un árbol, lánguido él, lánguido yo. Flores y cacas, persianas caídas y puertas cerradas. Mi coche desinflado, mi cerebro  mudo, el viento quieto, el martes triste y la ventana abierta.

Fotografía: Kenneth Josephson