Ruinas

La ropa me rodeaba por el suelo, mojada, de contados de colores y dos únicos tamaños, entre tablones de maderas incompletos, también piedras, muchos cables como lianas, y varas de hierro que una vez lograron sostener los muros. Él y yo, los únicos dueños de esa casa, estábamos de pie, él desnudo por completo, yo con un viejo calzoncillo blanco y una camiseta de tirantes azul. Llovía a cántaros, las nubes escondían los únicos tejados en pie, y en los árboles aún con hojas se refugiaban los pájaros. Junto a los escombros, la calle, intacta, se alineaba repleta de pequeños charcos. Y en medio de aquella dantesca escena, empapados, en lo que antes era nuestra habitación, nosotros dos. No nos dijimos una palabra, no nos miramos, ni al cuerpo ni a los ojos, solo nos quedamos de pie observando cada uno de los detalles de nuestra casa en ruinas. Era miércoles, enero y 2007. Entonces yo tenía la piel suave, el pelo rubio y largo, y podía soportar casi todas las inclemencias físicas y mentales.

La primera piedra de nuestro hogar era cuadrada y figurada. La perdí la mañana de sábado que me abofeteó por abrir la puerta del cuarto y reclamarle de una vez por todas su atención. El anillo me rajó la mejilla, y tres horas después le rogué perdón. A él le conocí en un menudo bar de un pueblo alejado de la ciudad repleto de turistas que, con sus cámaras, trataban de sacar la mejor foto al único atractivo de la plaza. Era un otoño de 1997. Recuerdo que en esa época era importante disparar por si acaso, porque el fotograma capturado no vería la luz hasta el fin y revelado del carrete días después en la tienda oportuna. Allí, sin más pretensión que la desconexión, con el abrigo sobre el taburete, bajo mis nalgas y la bufanda todavía puesta, pedí una botella de cerveza grande. El camarero con asombro corrigió mi petición y preguntó si me refería a un tercio, yo asentí, y de pronto apareció él y se sentó a mi lado. Sin esperar a que el hombre abriera la cámara frigorífica, repitió, lo mismo, por favor. Todo lo que vino a continuación fue sencillo, estuvo repleto de sonrisas, risas y carcajadas, chistes fáciles, miradas tendidas y complacientes, pausas necesarias y felicidad relativa. Durante más de cuatro horas, el reloj no nos distrajo un segundo. Los clientes entraban y salían, y nosotros permanecíamos. Ebrios, ninguno de los dos quiso volver a casa. La luz del atardecer en la plaza había cambiado el color de las fachadas, incluso la forma de las calles. Él me invitó a su coche, yo al mío, y los dos declinamos la ofrenda. Al día siguiente, nunca recordé cómo aparecí en la cama de su pequeño apartamento en una calle sin salida del centro de la ciudad. Hacía mucho frío, y al despertar, con mucha fuerza le abracé.

-Tengo que volver.

-Buenos días, -respondió.

-Tengo que volver, -repetí.

-Lo haremos…

-¿Me llevarás?

-¿Tomas café?

-Sí

-Después, iremos.

Me besó con mucha suavidad. Parecía no quererme tocar, pero el tabaco y el alcohol se confundieron conmigo, y la mirada de la noche anterior, hoy persistía difusa en sus ojos tan dormidos. Nunca más volvimos a aquel menudo bar, solo regresamos a buscar mi coche. La segunda piedra era también cuadrada y la deshizo la rutina. Mi coche seguía en el aparcamiento empedrado junto a un viejo nogal.

Un año después de conocerle yo tenía la mitad de su armario con mi propia ropa, sin mezclar, junto a la suya. Diferenciamos los cajones para muda y camisetas. Yo abajo, él arriba. En el salón, en un gran estante, en la esquina derecha, había ordenado todos mis libros de la universidad, y en una pequeña caja de cartón continuaba precintada mi mudanza. Estaba en esa misma esquina, en el suelo, donde con rotulador permanente podía leerse, ‘cosas‘. A parte de la copia de llaves, mi cartera y mi agenda personal, todo lo demás era posesión suya. Y aunque insistía en que ese todo era compartido, los actos evidenciaban que no era así.

El apartamento en el que vivimos cinco años tenía una única habitación, una minúscula cocina, un baño muy rectangular, y su salón con el sofá cama, la mesa circular de centro, el pequeño televisor sin mando en un mueble blanco sin cajones y una ventana para fumar con dos macetas repletas de tierra y sin plantas. Allí había un cementerio interminable de colillas. Descubrí al mes que él pasaba la mayor parte de su tiempo encerrado en el cuarto. Soy escritor, dijo. Yo funcionario, dije. Eché en falta música, y por no romper rutinas, opté por el silencio y el bar dos calles más abajo. Él a veces no notaba mi ausencia, yo no podía soportarla. Esas desapariciones, al menos, me facilitaban la existencia. Nada ni nadie podía ni debía distraerle. Era la única norma, decía. Yo había contabilizado una docena más, pero nunca se las enumeré. El escritor y su pareja, pensé mientras la televisión temblaba por la tormenta mientras se retransmitía una película de terror. Los sueños solían implantar un vacío infranqueable alrededor.

La primera vez que rompí la órbita y toqué suavemente con mis nudillos la puerta, aconteció una explosión inimaginable. Insistí porque no respondió, y cuando bajé la manilla, asomé la cabeza, miré la hora del despertador digital que había en la mesa de noche, y al ver que eran las dos de la mañana traté de acostarme de un modo muy sigiloso. Él no se percató de mi presencia. La pantalla del ordenador iluminaba su cara, sus dedos estaban helados sobre las teclas, había hubo de tabaco a su derecha, nada de él se movía, ni siquiera podía sentirle respirar. Desde el lado de mi cama me asusté. Dije su nombre en un susurro y en tres ocasiones. No respondió. Me rendí, me escondí con suavidad bajo las sábanas, y cuando el sueño me invadió se originó el estallido. Me destapó, me gritó, me aulló, me insultó, me escupió, me arrojó del colchón, me pataleó, me lloró, me volvió a pegar, me hirió, grité, lloré, supliqué, me abrazó, se arrepintió, me besó, me acarició, me calmé e hicimos el amor. La luz blanca del ordenador aún iluminaba la habitación, temblaba el cursor, y en aquel amor todo en mí era dolor.

Con los años aprendí a no irrumpir, a permanecer en silencio y, encerrado en el baño durante sus largas ausencias, a masturbarme con odio como una estúpida venganza. No quería serle infiel porque le amaba. Quería decirle que no le necesitaba, que todo estaba bien cómo estaba, que nada me dolía, que la vida era más importante que cualquier sentimiento y que se fuera al carajo. Tras esa ira veía mis piernas relajadas, estiradas, exhaustas y desnudas. Inevitablemente comenzaba a llorar.

Publicó en 2003. La novela no me gustó y sufrí en exceso para sonreír y halagar su pobre éxito. Le hicieron un contrato y trabajó en un periódico. Le amaba tanto, le deseaba tanto, que lo único que supe ofrecerle fue una casa en el campo de nueva construcción. Él solo firmó, no necesité su dinero, tampoco lo ofreció, y aquel hogar, por raro que pareciera, durante el primer año, resucitó el amor entre los dos. Nada era lo anterior, o no se parecía en absoluto. Vendí mi coche, compramos uno demasiado grande, y arreglamos el suyo. El jardín, quizá también porque era primavera, comenzó a llenarse de flores, y allí encontré mi pequeño espacio. Leía mientras en una pequeña radio con el volumen al dos aprendía sobre música clásica y trataba de convencerme de que a lo mejor la felicidad era así.

Las ruinas deben ser como las motas de polvo. Se van acumulando poco a poco en lugares insospechados y aparentemente imperceptibles. Aunque no se ven, existen. Lo pensé al año que, entre los escombros logré que él desapareciera. La Navidad de 2005 tenía escrita en la página última la palabra fin. Él también había terminado su segunda novela. Estaba eufórico, ebrio y ausente. Esa noche abandonó la habitación con histeria, palabras convertidas en gritos desmedidos, y al tiempo que yo trataba de apaciguar los aullidos, él desaparecía más de sí mismo. Yo solo logré que el incendio me hiciera cenizas. Cerró la puerta, y aquel horrible sonido rajó en dos mi corazón. Desde ese día, su cuarto nunca volvió a ser el nuestro. La distancia y el desamor también se pueden vivir con normalidad. Era un viaje triste, pero era nuestro viaje, e inevitablemente lo completé.

-¿Café?

-Y leche.

-¿Por favor?

-Por favor…

-El azúcar está en el armario.

-Gracias.

-¿Qué haras hoy?

-Trabajar. ¿Y tú?

-Escribir.

-¿Nada más?

-¿Nada más tú?

Nada más, pensé. Porque coloqué la taza en mis labios, bebí, y en silencio me fui deseando que todo lo que allí pasaba, cuando volviera, solo hubiera sido un mal sueño. Pero el polvo seguía creciendo en los rodapiés.

La explosión no la provoqué yo. Aunque la deseé cada noche, nada tuve que ver. Nunca supe el día que los dos nos fuimos alejando, no supe los motivos, e incluso no sé por qué me enamoré de él. No le maté yo, simplemente entre las ruinas de nuestro hogar dejó de respirar. Él desnudo por completo, se derrumbó. Yo con un viejo calzoncillo blanco y una camiseta de tirantes azul, le observé como el que mira una obra de arte prodigiosa por primera vez.

Ahora, mientras leo su última novela en el jardín esperando que allí vuelvan a salir las flores, pienso en los motivos de la destrucción. La música clásica continúa con el volumen al dos. Tal vez, me digo, la vida, desde que naces, siempre te pone a tu lado un monstruo invisible que tarde o temprano te destruye.

Atrás

Él antes se creía una persona más feliz. Si mira atrás cree recordar que no sentía la tristeza con tanta facilidad. No se sentía ofuscado, confuso o impotente. Antes era mucho antes y nada le creía dar miedo. No poseía tanta información delante y detrás de sus ojos, o a la izquierda y derecha de sus oídos. Él antes era solo él y con él no existía el conflicto. Antes era muchísimo antes y poco le hacía llorar o gritar de ira o impotencia. Lo intentaba con películas lentas bajo una manta cogiendo con fuerza la mano de la que entonces era su pareja, pero nunca lo logró. Él se creía ser un hombre alegre, aunque tímido, pleno, y se gustaba todo para sí mismo. Y en su rareza atesora la confortabilidad. No dudaba de él, ni de la existencia de su corta vida, ni del amor, tampoco del sexo, no juzgaba sus actos, sus palabras, nada le mordía la conciencia, y no valoraba las consecuencias. Él era él en todos los espejos. Antes, en ellos, hallaba sus ojos muy abiertos, la piel suave y estable bajo los párpados, el pelo rizado y largo, ninguno blanco, la barba dura, espigada y cubriéndole gran parte del cuello, la voz lenta, muy leve, tanto, que en ocasiones apenas podía escuchársele, y bajo los hombros, su pequeño cuerpo delgado. Y en esa felicidad aparentemente irrompible, un viernes temprano, el suelo de su casa se derrumbó, él se fue, no hizo una caja, cogió un avión, un tren, y desapareció. En el regreso nada de lo que había dejado atrás continuaba en su lugar.

Ha cumplido cuarenta y siete años. Ahora tiene una próstata débil, se afeita a diario, le ha crecido una leve barriga aproximándose al botón del pantalón vaquero que compró roto a la altura de ambas rodillas, y las entradas en su cabeza dejan ya adivinar el cráneo entre un pelo cano y débil. Se desabrocha, se sienta y se piensa en la taza del váter desde dónde ve una visión desconocida de su pene. Atrás, los pasos están, los ve, marcan su camino, su vida, pese a que a veces están muy borrosos, continúan. Delante, no hay pasos, y ese papel en blanco le aterra.

Vive en un piso con ella y ella con él. Lo compraron hace un año y tiene vistas a un tercio de la ciudad. Los pájaros en ocasiones se estrellan contra las ventanas del salón. Le relajan las palomas colgadas en las placas solares del vecino. A veces piensa en la hipoteca, en los hojas grapadas y firmadas en una carpeta azul en la que ella escribió ‘casa’. Lo hizo en minúscula. Otras recuerda el nudo económico y el exceso de manos atadas a ese contrato. Cuando siente ese calor quemándole el tórax bebe una copa de vino. Luego observa y no habla. Apaga el cigarrillo en una pequeña maceta de barro y cierra la ventana. Dentro cada mes hay más muebles y menos espacio. A ella le gusta el café con leche de almendra, primero la leche, después el café. Tres de azúcar en la cuchara pequeña, la que tiene una marca. A él le gusta verla sonreír. En su habitación, en la mesilla, sigue dejando tres libros que quiere leer y no lee. Uno gordo, dos finos. Cada mañana, apresurado, se cepilla los dientes, se mira al espejo y encuentra sus labios cuarteados en el reflejo. En ese instante, siente mucho dolor. Menos diez.

Baja dos escaleras desde su octavo piso. Pisa el tercer peldaño y cruje. Se sostiene con sus dedos sujetando la barandilla. Todos los movimientos los hace con extraña prisa. Regresa, coge las dos manos de sus dos hijas, seis y nueve, las detiene y las coloca en firme. Obedecen. Con destreza gira en tres ocasiones la cerradura, enciende la alarma, comprueba las llaves del coche y la cartera en su abrigo. A todo le da el visto bueno. Mira con detalle a las dos pequeñas, inquietas pero que aún permanecen en paralelo. Las examina. La colocación del pelo, la rectitud de la mochila, y vigila que ahí todas y cada una de las cremalleras estén bajadas, los cordones atados, se acerca al aliento, y en ese momento siente cómo le vibra el teléfono. En el reloj de su muñeca ve al culpable, y la hora, y el tiempo escaso y la mirada impaciente de ellas dos en el rellano, junto al felpudo, hablando sin descanso, impacientes e inocentes, pero quietas. Sube los tres escalones, saca la llave de la puerta, e invita a sus hijas a bajar, que de inmediato saltan, se sujetan, se empujan en cada uno de los escalones, y gritan. Él con suma educación e histeria también lo hace. ¡Cuidado! Ellas son felices. ¿Lo son? Le vuelve a vibrar el pantalón.

Sostiene el volante, enciende la radio y observa la edad de sus dedos, las uñas sin cortar pero limpias, los pelos ondulados en las falanges, y en definitiva, piensa, abandonados, inútiles, y atados a la suavidad de un círculo que en ocasiones ya no sabe sostener sin que esas uñas queden marcadas en las palmas de sus manos. En la acera aún continúan los padres y madres hablando, los niños que llegan tarde, los coches aparcando y arrancando, y la lluvia, ajena, cayendo en la luna delantera de su vehículo.

-Dime.

-¿Todo bien?

-Todo bien.

-¿Y tú?

-También.

-¿Dónde estás?

-En la puerta del colegio.

-¿Qué vas a hacer?

-Volver…

-¿A dónde?

Responde a casa. Le gustaría dar otra respuesta. Atreverse a decir a ningún lado, al pasado, al final de sus días, al inexistente cielo, al interior de sus bragas, a una playa desierta, al bar de la esquina, o al comienzo de todo. Pero la verdad es que no tiene ni idea, y sin embargo, como un eco, antes de colgar, repite, a casa. Cuando quita la radio y la música vuelve a sonar en el coche sube el volumen. No sabe cómo ha llegado a esa plaza de aparcamiento, a la compra de ese vehículo que apenas le permite infringir la ley ni un poquito, a elegir la ropa que ha elegido, o a la necesidad de apoyar con fuerza la mano entre sus piernas para que pierda fuerza la erección que le provoca la voz de su mujer. Cada vez que la oye. Si se lo pidiera, haría el amor con ella mil y una vez y tendría dos hijas más en ese octavo piso lleno de muebles. Baja la palanca del intermitente, le sobresalta un claxon, responde con el suyo, frena, acelera, frena, sale y se incorpora. Atrás queda mañana.

Fotografía: Daniel Diez Crespo

Trazos


Estoy en el coche con un gorro de lana, la bufanda tapándome los labios, los hilos de algodón haciéndome cosquillas en la barbilla, y el motor de mi vehículo es el rugido de un animal salvaje exhausto esperando mis órdenes. Sujeto el volante, miro y no sé si pienso. No me muevo. En el maletero hay un zorro desangrándose, ya muerto, y en mis manos todavía queda el frío y los nervios. La suciedad del delito no saldrá durante días de las uñas de mis dedos. El cadáver tampoco. Estoy pensando en ti, en cómo nos conocimos, en cómo nos devoramos hasta que nuestros huesos quedaron limpios, en cómo nos fuimos encendiendo a cualquier hora del día y de la noche hasta quemarnos, y cómo lentamente nos comenzamos a enfriar y nos distanciamos. Nunca nos fuimos. Desde el mismo colchón siempre nos vigilamos. Desde distintos puntos de una misma cocina nos observamos. En nuestro pequeño sofá a veces nos acariciamos. Estoy perdido entre todos los trazos que con los años dibujamos en la memoria, y que ahora, son un garabato impreciso y furioso en nuestra cabeza. Siento mucho frío, me pisa todo tu silencio, tus palabras, tu presencia y tu ausencia. Me aplasta la respuesta que no me has dado por teléfono, y no sé la velocidad que he de utilizar para volver a casa. Desabrocho el cinturón de seguridad pero no retiro la llave del contacto.

He aparcado frente a una pequeña tienda asiática. La botella que he comprado hace tres horas está vacía. El establecimiento es sucio, no tiene nombre, tampoco una gran entrada, ni siquiera orden en su interior. Son las diez de la noche, y en el termómetro que hay junto a una farola de luz amarilla leo la temperatura. Un grado. Chicos adolescentes compran bebidas energéticas, van muy abrigados, airados y hablan alto. Chicas devoran pipas en un corro minúsculo junto a un banco de madera mojado, ríen y apenas dejan espacios en ese círculo corporal. Huelo a humo de tabaco. Necesito saber dónde estoy, quién soy y qué deseo ser para explicarte que todo lo que pienso de ti es porque he comenzado a pensar en lo mío. No quiero ser un asesino, y sin embargo, la sangre y el corazón roto me delatan. Pago con tarjeta, no sonrío, no saludo, no digo una palabra. Guardo la botella en una bolsa de plástico negra y me voy. Afuera continúan las voces, los jóvenes y el cigarrillo encendido.

Eres tú la que aún me quiere. Lo dices, lo escribes, lo gritas, lo lloras. Yo tengo diecisiete tornillos en la sien, restos de droga en el bigote, y mucho pánico porque oigo que mis latidos en el pecho van tan deprisa, que sé que a ese ritmo algo pronto explotará y todo se detendrá. Tú no te has movido. Yo he tardado demasiado en introducir la llave en la cerradura. El coche está torcido en el aparcamiento y mis botas negras llenas de un vómito que seguro no es mío. No digo nada, no dices nada, no te miro, no sé si me miras, no lloras, no tengo lágrimas. Camino hasta la habitación, poso la espalda en la pared y me dejo caer. El plástico hace excesivo ruido, el crujir del tapón de la botella al abrirse también. Bebo deprisa, creo hacerlo a escondidas para desaparecer del mundo, bebo más para no ser parte del mundo, bebo más para no recordarme, y cuando vuelvo a mí veo la llave hundiendo la vena de mi brazo interior y muerdo con fuerza la bufanda que aún no me he retirado. Si el trazo es recto y preciso y atravieso la piel, y la sangre empapa los pantalones y el colchón, al fin todo habrá terminado para ti.

La cama está mojada por mi sudor, en la almohada hay un libro abierto con las hojas dobladas, página dieciséis y el timbre de la puerta no deja de sonar. Tú no estás. Mi cuerpo sí. Está desnudo, lo veo muy delgado, y creo que la piel ha comenzado a hacerse un nudo entre mis huesos. La noto tersa y seca, pero no me duele. Mi lengua es un trozo de madera, mis dientes siguen torcidos y apretados. ¿Quién es el del espejo? La ventana de la habitación está mojada porque llueve, y todas las gotas se me parecen a ti y a mí. Se divisan borrosos el edificio que construyeron en frente hace dos años y el coche torcido. Pienso en el zorro y la culpa me duele. La muerte en su interior y yo desnudo tratando de adivinar quien vuelve a llamar.

Camino descalzo, esquivo la botella vacía, la bolsa de plástico arrugada junto a mi ropa y las botas desatadas con los restos de mi naufragio. Antes de ir hasta la puerta vuelvo a buscar tu lado intacto de la cama. El timbre vuelve a sonar.

No me recuerdo. Tampoco sé quién soy cuando bajo la manilla, abro y me miran y chillan con odio e ira. No te recuerdo. Las llaves, las mismas que quisieron hundirse en la vena de mi brazo anterior, cuelgan ahora de tus dedo inmóviles y ensangrentados. El zorro, yo, tú, la botella vacía, nuestro salón, ninguno de los dos, y el televisor encendido.

Fotografía: Daniel Diez Crespo.

1996

El calendario de la pequeña cocina ha quedado eterno en 1996. Un rastro de café seco traza una forma extraña de paraguas en el seis de marzo. Un círculo rojo a bolígrafo recuerda la fecha del dentista en el número 22. Fue un viernes soleado en el que nadie masticó carne de vaca sin miedo. El sábado, los periódicos hablaron de la locura y nadie volvió a mirar igual al campo. Sobre los treinta días que cuelgan de la pared, la fotografía de papel mate, deslucida, aún descubre a unos niños que fueron eternizados en el atrevido balanceo de dos columpios. El viento es del Sur, afuera, y amenaza con el inicio de una primavera. Mario ya no presta atención al paso del tiempo. No dedica un segundo a recordar su día anterior. Y sobre los azulejos todo es objeto de rutina; su vida solo aparenta ser cuando en el espejo peina su gris cabello. Y esa apariencia asume que tiene algo de irreal. Mario observa el tren de juguete que no hecha humo e imita la velocidad al apretar un minúsculo interruptor. Siempre lo creyó un buen regalo.

Anoche, él lloraba y nadie escuchó las lágrimas que le acompañaron de camino a casa. Se oían sus pasos por la acera mojada en la calle vacía. La ciudad por la noche, en marzo, aún refresca demasiado. 

Mario ha terminado la masturbación con frío hábito. Dobla tres veces el papel higiénico para limpiarse y lo lanza al retrete. A veces no necesita penetración. Le basta mirar. Le incomodan las lágrimas sobre sus labios, las seca con la manga derecha de su camisa y se va para no verse en el espejo. Desnudo, vierte sobre leche hirviendo y más café. Es descafeinado. Con vigor da vueltas a la cucharilla. Salpican gotas sobre la repisa de la cocina y no las limpia. Sus ojos, inocentes se miran cobardes en el reflejo de la oscuridad de la taza. Bebe ansioso, y con las manos entrelazadas en la espalda da pasos con mucha impaciencia. Abre la cartera y busca un billete de veinte. Hoy comprará lotería, bajará a la estación, buscará, les pagará y no irá a trabajar. 

Pasea despacio por las calles observando cómo la ciudad ya no es idéntica a su propio olvido. Aunque todo sigue igual, nada es lo que fue. Echa de menos a Laura. Fue el 2 de marzo de 1996 cuando le besó la mejilla mientras de reojo miraba el reloj de la pared en la estación de tren. Huyó en busca del mar. El amor lo rompe la rutina, le dijo mientras sus dedos trataban de disimular la línea del rímel.

A Mario le aterran las hojas del otoño que se acumulan en las aceras. Se detiene, y con calma, rodea. Pide un vino en la taberna pequeña de madera que tantas veces visitó con ella. Ocupa el mismo lugar. Bebe y escucha las conversaciones. No interviene. Paga, deja propina y el susurro de su adiós seco no es escuchado ni correspondido. 

Desde 1996, algunas noches ya no duerme, otras olvida si durmió y cuánto. El sol le despierta de un susto y no sabe cómo detener la velocidad de su corazón. Cree que morirá despierto y siente un pánico espantoso al imaginar el dolor. No quiere ver y sentir el dolor de su desaparición. 

La tienda de juguetes que cerró en diciembre de 1996, hoy vende bolsos y zapatos. Mario no conoce hoy otra que venda trenes en miniatura tan perfectos. Los quiero todos, dijo aquel año previo a la Navidad.. ¿Todos?, preguntó el dependiente. Asintió, y el tendero obedeció. La bolsa era enorme y pesada. De camino a casa solo pensaba en Laura, que sentada en el sofá, tapada con una manta, bebía té y veía una película en blanco y negro en en aquel pequeño televisor. ¿Más?, preguntó. Él no respondió. 

Él no es él una noche al mes. Adora su piel sin un solo vello. Los necesita. A veces ni los toca. Ellos pasean a su alrededor, le miran, toman su dinero y dejan de ser para él. Mario no quiere que exista el dinero, pero lo necesita. Al irse deja un tren de juguete a la altura de sus manos. Les deja un beso en la mejilla, les deja una caricia en el pelo, y en la ducha, cuando el vaho ciega todo, quiere que el agua sobre él no deje de mojarle nunca.

Fotografía: Angela Bacon-Kidwell

Encerrado

Soy un ser vivo y he despertado encerrado. Estoy en un lugar oscuro, no encuentro la puerta, no sé dónde está, no veo nada. Aún siento cómo se mueve la sangre dentro de mi piel, y cuando palpo y me toco descubro que no llevo ropa. Alguien me la ha robado. No recuerdo habérmela quitado, ni habérmela puesto. No hay colores que ver porque todo es negro. Es un ceguera. La oscuridad es completa, tanto, que ni siquiera puedo recordar los colores. Los pienso. Tampoco recuerdo sus nombres. Camino en círculos, dibujo esquinas con mis pasos, araño con la yema de mis dedos las paredes de una textura dura y suave y sigo sin encontrar un resquicio de luz. ¿Dónde está la puerta? ¿Dónde? Levanto la voz, me oigo y me convenzo de que estoy vivo, pero nadie me escucha. No. Nadie me oye. ¿O ambas? Empiezo a sentir frío, una desafinada respiración y miedo. Afuera continúa el mundo. ¿verdad?

Pienso en las personas caminando, en las que corren, esperan y duermen. En los seres haciéndolo todo de un lado a otro, haciéndolo con uno y con otro, mirándose, mintiéndose, sintiéndose, hablándose sin decirse toda la verdad, o diciéndosela y discutiendo, ignorándose, amándose y abandonándose. Afuera está la naturaleza continuando con su lógica aplastante, porque no hay nada más natural que la vida y morir. Y pienso en mi madre, en el gesto feliz que tuvo cuando murió, en los ojos vacíos de mi padre, y de ahí voy a las manos de mi esposa preparándome un café temprano por la mañana, y yo mirando a su espalda, impaciente, sin tocarla, oliendo el aroma humeante que serpentea desde el borde la taza. Y lo siento, lo huelo y lo echo todo de menos.

Caigo al suelo. Es frío. Me abrazo y hundo la cabeza hasta la altura del ombligo. Hay vello duro en mi barriga. Lo recuerdo blanco, ondulado y desobediente. Échate crema, échate mucha crema para mantener joven la piel. Ya es tarde. Tengo sesenta y seis años, tengo sesenta y siete, u ocho, y al acariciarme todo lo que noto es áspero. No es firme, no es agradable, no es bello, no me veo. ¿Y si no soy yo? Quiero recordar la noche anterior, mi cama, la almohada sosteniéndome la cabeza, el teléfono en modo avión sobre la mesilla, el pijama dándome calor, y ella cogiéndome la mano bajo las sábanas, dándome las buenas noches y durmiéndonos tal vez a la vez. Quiero, pero no lo recuerdo. Aúllo levantando la cabeza como un lobo hambriento en la cúspide de la montaña. Es una voz gutural, desesperante, terrorífica, insoportable. Nadie la oye.

Si he entrado puedo salir. Recordar cómo accedí para recordar cómo salir. En el amor nunca quise salir de ti. En la muerte nunca quise entrar sin ti. Afuera muchos coches buscan aparcamiento y no recuerdo el día que dejé de conducir.

Mis pies y mis manos con sus dedos y uñas, mi nariz, mis orejas, mi boca, dentro su lengua, mi barbilla, el pelo que sobrevive en mi cabeza, la forma de mi cuello y su nuez respirando cada segundo. Sí soy yo el que ha despertado aquí, pero no sé que es aquí. Dibujo círculos y choco con las esquinas. Me arrastro como una serpiente, y salto y salto y no hay techo que alcance. No me rindo, pero desisto. Aquí dentro no hay nada. ¿Y afuera?

Golpeo la pared. El puño cerrado se choca con desgarro en un muro sólido e infranqueable. Ni duele ni se rompe. Golpeo la pared. La planta del pie se choca una y otra vez con un muro sólido e infranqueable. Ni duele ni se rompe. Golpeo la pared. Mi frente choca con desgarro en un muro sólido e infraqueable. Tampoco sangro. Me rindo. Soy un ser vivo y me siento encerrado.

Alguien

No quiere que sus fresas las pese en la báscula las manos oscuras de un latinoamericano. Suelta las monedas en el mostrador y guarda en la espalda sus brazos. No se alegra todo lo que su aguda y ficticia voz dice al oír las buenas noticias de los que supuestamente quiere. Envidia los besos de su mejor amiga a un solo palmo. Odia sonriéndose fugaz e hipócrita ante el eco de sus risitas estúpidas. No soporta la felicidad que empalaga y abofetea. Fuma porque respira; quieta; muerta, y bebe, despacio, lenta, perfecta, e imagina no ser ella. Odia su mueca neutra, dura y cobarde a los desconocidos que la desean en un repetido y sucio asiento de autocar. Marta de verdad es mentira. Marta se masturba a escondidas, avergonzada, en el calor de la ducha. Muerde el labio y enmudece asfixiando la voz del placer. Mamá cocina. Evita sus ojos en el espejo minutos después, y anota por escrito para mañana otra promesa que no cumple. Marta quiere querer. Marta le quiere, pero le es alguien que aún no existe.

Al terminar el día, Marta borraría sus treinta y dos años de falsas viñetas, pero sólo pinta nuevos tachones que hacen su vida más difusa.

Abre la puerta de un armario, y dentro, todo son mentiras, pantalones, zapatos y vestidos. El abanico de disfraces para su sonrisa. Abre la ventana y no respira. Enfoca cada mañana, pero no logra nítida su fotografía. Trazos abstractos sin orden. Desea quemar o tirar, y detener su fea acción de acumular.

El reloj no entiende sus dígitos, y si son agujas, no señalan el camino. Las burbujas entre sus labios le enmudecen más que las palabras incansables de un nuevo intento concertado de querer. Guapo (necesidad), conversador (aburrido), educado (interesado) y generoso (sexo).

El taburete es demasiado largo y las piernas cuelgan incómodas. Chocan otros clientes con sus rodillas. La segunda era una duda que mató la tercera, piensa, y en su cabeza ansía cariño, y entonces se concentra en una viñeta de un muro eterno con letras gruesas y negras en las que relee: Alguien.

Todos dibujan la forma de sus días. Todos tachan con mentiras las viñetas de su vida. Marta es una sonrisa grande y débil que un respiro podría destrozar. Marta quiere desaparecer, huir, ser lo que aún no sabe que quiere ser, sin embargo, frente a él, intenta interpretar su papel para sentir lo que dicen que hay que sentir.

La barba de él tiene demasiados vacíos en la barbilla. Acumula saliva en las palabras y ríe a carcajadas cada una de sus bromas. Alguien. La palabra insiste como el mar. Y en el vaivén sin descanso, la orilla le caza un pie y sus labios se mojan y ahogan con un beso inesperado.

No quiere obligarse. No quiere engañarse. Sus ojos chillan en el espejo de un lavabo oscuro. Sus ojos cierran los ojos; sus ojos abren los ojos. Al girar la manilla, salir y regresar, frente a él, su taburete desea distanciarse. No. Él no es Alguien.

Fotografía; Wingate Paine.

Un buzo en el aire

Soy un niño borroso. Siempre confuso. Un soñador de dibujos difusos, descoloridos, sin formas ni trazos cerrados. Perdí la cuenta de las olas que golpearon en mi botella de cristal. Sol, cielo y mar ante mis ojos eternamente abiertos. La eternidad es siempre. He aprendido a no morir. He aprendido a olvidar el parpadeo y nunca lloro. Nunca es siempre. Sol, cielo y mar. Nadie más. En la repetición endiablada, en el día a día que nunca distingo si es sueño o irrealidad, navego. El viento empuja y  me dejo llevar. El mar es incontable, como las piedras. El mar es imposible de contar. Las piedras inesperadas, redondas y rotas, rara vez cuadradas, que nunca flotan en esta alfombra azul de agua, arrugada, y que a diario debo esquivar, no sé contarlas. Olas sin hache que marean al subir y bajar; indecisas. Sólo un mar porque en mi cabeza ya maté una tierra. 

Recuerdo que al nacer fui un buzo en el aire, pero al caer dentro del traje, cerrar los ojos e intentar el despegue, naufragué en la orilla de una playa sin huellas de un solo pie. Aparecí como único intento, pasajero y superviviente. Soñar no es suficiente para volar; es necesario ser ligero, flotar y alas de verdad. Hice un remo de papel y fueron copos de nieve que ahogué sin enseñarles a respirar. Construí un barco de arena, y en la orilla, al primer zarpazo, me hundí. Naufrago sin zarpar, y al golpear enrabietado la botella con el dedo gordo del pie, resbalé por la boquilla, y desde dentro, al otro lado del cristal, al fin valiente, sí zarpé. Ahora, nunca olvido soñar.

Mamá siempre pone una magdalena en la servilleta de papel junto a una ligera y gastada cucharilla de metal. El bote de azúcar en el centro del mantel, la taza en un pequeño plato rojo, y un bol de fruta sin pelar que nadie desayuna. Mamá nunca me despierta porque no tengo sueño. Nunca duermo. Nunca es siempre. De lunes a viernes espero tres minutos exactos, sentado en la orilla de la cama, con los pies colgados, bailando, a la espera de que suene el despertador. Después mamá abre la puerta. Los sábados y los domingos no hay despertador. Al caminar aparento ser un niño de verdad. Y sin embargo, sólo quiero ser un buzo volando sobre el mar.

“Si debo robarte todo el aire y levantarlo ante tus ojos para tocar una a una las estrellas, nunca dejaré de aspirar.” 

«Te traeré la estrella», grité. Aquella frase en voz alta junto a la nota de papel que seguía escrita a rotulador rojo sobre un papel amarillo, mal doblado, e incluso arrugado, fue el principio de una nueva soledad. Ni siquiera guardó mi nota. Tampoco la entendió, y no permite que le enseñe el significado de las letras. Su silueta fue una larga sombra que jamás quise que se despegara de mis pies. Sus pasos nos rompieron. Y yo, sin pestañear, permanecí quieto; aparentemente despierto. 

Al amanecer, el sol no me despertó, el rocío me mojó y el perro del vecino me lamió. Necesitaba tocar su corazón, pero los buzos en la realidad no saben volar. Durante un instante, mientras agachado y confuso despegaba finas hierbas de mis húmedos zapatos, intentar fue creer. 

Mamá siempre quiso que fuera un niño feliz al que poder enseñar. Papá nunca me dejaba su traje. Nunca era siempre. Yo creí que dentro podría volar,  ella, triste, desafió una autoridad y emocionada ya me había escondido bajo el casco de cristal. Demasiado grande y nadie supo reaccionar. Imposible volar de verdad. Tampoco caminar. Cerré los ojos sin parpadear y me emborroné otra vez hasta desaparecer. Sin peso, ligero, pude cazar la luz que ella, sonriendo, soñaba tener entre sus dedos. Al volver a mirar, no era imposible imaginar. 

Aquella tarde, con mi nota de papel escrita a rotulador rojo sobre un papel amarillo, mal doblado y arrugado entre los dedos, tardó demasiado en anochecer. La señalábamos y nos mirábamos olvidando respirar. 

-Debo ir a cenar –dijo ella.

-¿Es tan importante el hambre?

-Debo.

-¿Volverás?

-¿Tendrás mi estrella?

-A tus pies –dije.

-A las diez, mañana, en la orilla del mar.

Al navegar, desafina cuando chocan las olas en mi inesperada botella de cristal. Vivo en ella cuando no soy realidad. Del bolsillo, un parabrisas en tirabuzón con dos de sus cabellos cortados entre gritos de recreo y recelo de un profesor. Limpiar para ver el fondo del mar. Tres pétalos blancos y el colmillo falso de un tiburón. No sé por qué. Quema el tacto de los dedos. En el reflejo del mar siempre el cielo. Siempre no siempre es nunca. Y en el reflejo del mar busco su estrella. Trazo el camino, y cada noche sueño que sé regresar. 

Soy un niño plantado sin hojas que hecha raíces en la arena del mar. Olvidaré que aprendí a morir si no aparece. Soy más mentira que realidad. Soy un buzo en el aire. Lo soy. Soy un barco de cristal, un naufrago que anclaron en la orilla de una playa sin huellas de un solo pie. Soy la sombra que te espera. Soy… 

«Son las diez y media…» 

Al mirarme, ella nunca parpadea. 

«¿Trajiste mi estrella?»

Cuando explota la botella de mi irrealidad no corta el cristal. Señalo al frente, y en el reflejo de la orilla, brilla mojada y nerviosa al vaivén lento del mar.